lunes, 2 de junio de 2008

CAPITULO OCHO

El tesoro del mapa

A veces juego a un extraño juego. Un juego al revés. En el cual parecería que ya no soy el jugador, sino el juego, la ficha y el tablero inanimado en vez de la mano y la mente obsesionada por triunfar. Es un juego al revés, desesperante; casi diabólico. En vez de buscar el tesoro, debo buscar el mapa. Y dan la señal de partida y mi mente corre hacia todas partes como si se estuviese incendiando y buscara agua; mientras que mi cuerpo se petrifica en el lugar, victima de un misterioso terror que nada tiene que ver con lo mental sino con lo muscular. Y ya sé que es ilógico, pero el juego es así y presenta ese tipo de obstáculos y otros peores. Formidables adversarios y aun más irracionales. Y cuando logro vencer al primero, que no siempre lo logro, ya no me vengan a molestar, ya no me vengan a interrumpir, ya no me vengan a invitar para salir a jugar porque estoy jugando al juego de buscar el mapa y en ello… en ello se me va la vida. Añado que me pongo grave mientras se me adhiere el silencio de la araña y lo siniestro de su paciencia. Y busco y revuelvo y arraso y lo doy vuelta todo, milimétricamente todo. Por arriba por abajo, por cada infinito punto cardinal. Todo. Y tengo que encontrar el mapa, porque sin el mapa, el tesoro no me sirve para nada; no se qué hacer con tan afortunada carga. No le veo ningún sentido. Aquí no valen los cuadros, ni sus colores, ni sus formas, ni sus espacios, ni sus texturas. Necesito ver los pinceles y los pomos; necesito ver al pintor y a sus ojos enrojecidos por el cansancio; y constatar sus manos y medirlas y pesarlas y tocarlas y olerlas. Y sigo jugando y ya lo hago con esa desesperación que puede causar pánico, terror y pena a la vez. Entonces salgo del espejo y tomo mi lugar, como para ayudarme, como para no estar tan solo en esta locura, que es también una buena adversaria y quizás, la más formidable. Y de pronto, ya no somos dos. Somos miles. Y todos buscan con idéntica y exacta desesperación; y por extraño que parezca, ya no se pelean entre ellos ni se estorban. ¡Loado sea El Niño del viento! ¡Por fin estoy de acuerdo! Y es lógico que aquí sea; porque en este juego se me va la vida; y si se me va la vida, también se les va a ellos.
De los miles, hay uno que jamás busca. Se sienta en un rincón y observa con ojos indefinidos la inmensidad del cielorraso. Cuando se cansa de mantener esa postura entre contemplativa y abandonada, se pone de pie y dice: “Lo encontré”. Entonces, todos quedamos congelados y con nuestros alientos contenidos. Mi “yo” que es la nostalgia, viene hasta mí e introduce su mano en el bolsillo de mi pantalón y ante la admiración de todos nosotros extrae el mapa. Obviamente, siempre está escondido en el lugar más obvio. Y sin interesarse por el contenido, me entrega ese preciado objeto en manos propias y el juego se acabó. Todos podemos respirar aliviados. Quizás, para imitar a la nostalgia, rechazo la curiosidad de este momento y devuelvo el mapa a mi bolsillo. Hasta la próxima vez. De los miles que se marchan solo uno me saluda. Con una sonrisa absolutamente incircunstancial me estrecha la diestra y luego comenta: “Muy rica cena” y por último se va. Ese era el olvido. Ya sereno, ya aliviado, ya ligero y tan ganador regreso a mi espejo. Y que todos ustedes tengan –muy-felices-sueños.

A mí