martes, 27 de mayo de 2008

CAPITULO CUATRO

Lavandino y Detergenta

Ahora les voy a contar la historia de Lavandino. Y es una historia que a mi me gusta demasiado; quizás… demasiado, demasiado. Y me gusta tanto porque carece de moraleja, precisamente. Todas las historias que carecen de moralejas, precisamente, a mi me gustan demasiado. Por lo tanto, no tenga usted ninguna duda en venir hasta mi altísima morada si anda con ganas de contar una historia sin moraleja y no encuentra a nadie que le preste los oídos. O mejor dicho: las atenciones auditivas para que lo escuchen. Yo lo escucharé. Y le cebaré mates con biscochuelo y usted se sentirá bien. A cambio, yo me quedaré con su historia sin moraleja. Pero sin moraleja. O en caso contrario, yo me enojaré y lo haré echar por mi perro gris, flaco y petiso que le morderá los tobillos y usted se sentirá mal. Y todo eso por haberme contado una historia con moraleja. Porque para mi, las historias con moralejas no sirven para nada. O sea: no sirven para vivir. Y cuando digo que no sirven para vivir, digo que me parecen absurdos los consejos que guardan las historias con moralejas.

La historia de Lavandino no tiene moraleja. Dicho en otras palabras: es una historia para perder el tiempo escuchándola. Y sin recibir mate, porque cuando cuento no cebo.

A Lavandino lo llaman Lavandino porque ese es su verdadero nombre. Lavandino. Los padres lo registraron así porque cuando nació olía a lavandina. Le hubiesen puesto Lavandina, pero el recién nacido era varoncito. Por consiguiente, cambiaron la letra “a” del final de lavandina por la letra “o”. Y así quedó Lavandino. En completo acuerdo con su condición de varoncito recién nacido. Esto en otros barrios no sucede.

Lo insólito del caso es que Lavandino creció sin olor a lavandina. Y eso, más que insólito, es lógico. Los seres humanos no huelen a lavandina. Algunos podrán apestar, pero nunca jamás olerán a lavandina. Eso sería una locura, acá o en cualquier barrio. Lo cierto es que Lavandino creció sin olor a lavandina. O sea, creció como una persona común y corriente pero con un nombre ridículo. Lavandino. La culpa del olor a lavandina en el momento en que nació Lavandino se la supo atribuir el encargado de la limpieza de la sala de parto.

- Si. Lo admito. Yo soy el responsable. Lo siento. En el instante en que nacía Lavandino, yo limpiaba la otra sala y se me cayó al piso todo el contenido de una botella de lavandina... Y eso fue lo que sucedió. Sin embargo, no lo deben considerar un delito. A mi entender fue un accidente.

Así pues, Lavandino ganó la apariencia de los nueve años y en esa apariencia se quedó. Entonces, se presentaron los carnavales. La comisión directiva de la sociedad de Fomento Club Sportivo y Cultural 20/21 decidió autorizar la puesta en marcha de las fiestas de carnavales en la cancha de básquet, incluyendo serpentinas, papel picado, espuma y música de Gabi, Fofo y Miliki. Para dichas celebraciones, Lavandino optó por el disfraz de pirata escandinavo, o sea: Vikings. Disfraz que le valió el cuarto puesto en el concurso de disfraces. El primer premio se lo llevo Detergenta. Niñita que optó por disfrazarse de “Encargado de la limpieza de la sala de parto que derramó todo el contenido de una botella de detergente en el mismo momento en que Detergenta nacía”. Y si. Esas cosas solo pasan en El Barrio.

Detergenta, no solo se llevó el primer premio del concurso de disfraces, sino que también se robó el corazón de Lavandino. Y no era para menos, pues Detergenta era una de las niñas más hermosa del Barrio. Y para colmo; y cuando digo y para colmo, digo y para colmo escandaloso: ese disfraz le favorecía en toda su infantil extensión.

Lavandino estaba indignadísimo por su cuarto puesto en el concurso de disfraces, pero mas indignado se sentía por el robo. Entonces, esperó que todos los parientes, amiguitas y corresponsales de distintos medios barriales terminaran de felicitar a la ganadora y se le plantó con toda su figura de bravo pirata escandinavo merecedor de un cuarto puesto. La niña lo observó con la soberbia que ostentan las niñas soberbias y triunfantes y le preguntó:

-¿Qué querés?

-Detergenta, devolveme el corazón.

-No puedo. Soy mujer.

Y Detergenta dio media vuelta y se fue a recibir más felicitaciones y a conceder reportajes a todos los medios barriales.

Los hombros de Lavandino se derrumbaron junto con su pequeña cabecita de nueve años recién cumplidos y en el medio de la cancha del club Sportivo y cultural 20/21 se quedó rodeado por niños que tiraban papel picado, corrían y bailaban al son de Gabi, Fofo y Miliki: “Hola Don Pepito, hola Don José...”

A partir de ese carnaval, Lavandino se volvió un niñito silencioso, taciturno, melancólico y triste. Andaba suspirando por los rincones y los techos; le contaba su historia a las golondrinas o a las estrellas, o a los gatos, o al Niño del viento, o al Ciruja de la otra cuadra. ¡Lavandino, vamos a jugar! Hoy no. Mañana. Y Lavandino ya no salía a jugar, porque para jugar hay que tener corazón y al suyo…al suyo se lo había robado Detergenta.

Todos los días, Lavandino se sentaba en una esquina de la cuadra en donde vivía la ladrona y esperaba verla. Aunque mas no fuese verla de lejos, verla a media cuadra, verla por un segundo, verla de espalda, pero verla. Y así se pasaba horas y días enteros esperando por la aparición de Detergenta. Sentadito e incorruptible. Fiel a su costumbre de esperar. Sin importarle el frío imperante o la lluvia. Lavandino esperaba. ¡Y cuando ella aparecía! ¡Niño del viento! A Lavandino se le cortaba la respiración y abría muy grandes sus ojos, porque para Lavandino, abrir mucho los ojos era abarcarla mejor. Pero de inmediato, cerraba los ojos ya que sabía que si la contemplaba demasiado su corazón robado se partiría.

A veces, la noche sorprendía a Lavandino sentadito en la esquina y sin haber podido verla. En esas ocasiones, La Mamá lo iba a buscar. “Vamos, Lavandino. Ya es de noche”. “Vamos, Mamá”. Y Lavandino tomaba la mano de su madre y así se marchaba de la esquina, suspirando y suspirando, mirando para atrás cada dos pasos por si las dudas, por si ella llegara a aparecer a último momento.

Lo peor, siempre pero siempre siempre, se producía en el momento de dormir. El sueño se negaba a venir y ya no tenia nada de pícaro. Entonces, se afiebraba de tanto pensar en ella y se hundía en un torrente de imágenes que le mostraban cientos de posibles futuros al lado de Detergenta.

Y así pasaron los días con sus noches afiebradas y las semanas y los meses. Y cuando llegó ese mes al que en los otros barrios llaman enero, el Papá y la Mamá llevaron a Lavandino de vacaciones a un lugar muy pero muy lejano; y cuando digo muy pero muy lejano digo exactamente… Brasil. (Tengo que aclarar que Lavandino es el único niño del Barrio que puede permanecer mucho tiempo en los otros barrios sin que lo ataque La Fiebre. Ya hablaré sobre La Fiebre). Y habrá sido el clima o el aire, o la fina arena de la playa, o el Atlántico, o la alegría brasilera, o la distancia, o lo que fuese o todo a la vez que, cambiaron el ánimo de Lavandino. Y Lavandino volvió a sonreír.

Cuando pasó el mes de enero, Lavandino regresó a su casa luciendo un bronceado consecuente con la estadía en el Brasil. ¿Y qué fue lo primero que hizo? ¡Si! Se fue a la esquina. Y ya no me caben dudas de que un enamorado bronceado es principalmente un pálido masoquista empedernido.

Y sucedió que en la esquina, en esa misma esquina en la que tanto se sentó a esperar, encontró a Detergenta sentadita como si hubiese sido Lavandino.

-Al fin volviste.

-Si.

-¿Y a dónde te fuiste?

-Al Brasil.

-¿Y?

-Lindo.

-¿Lindo?

-Si. Lindo.

-Avisame la próxima vez que te vayas.

Entonces, Lavandino tomó todo el aire que pudo y luego lo dejó que se escapara lentamente. Fue la suma de todos sus suspiros. Sonrió y por último se sentó bien al lado de Detergenta. Pero bien, bien al lado.

-Te prometo que para la próxima vez que me vaya de vacaciones te voy a avisar.

-¿En serio?

-En serio.

-Y trata de no tardar tanto.

Entonces, Detergenta tomó todo el aire que pudo y lo dejó que se escapara. Cerró los ojos y muy pero muy despacio, fue apoyando su cabecita en el hombro de su amado Lavandino.

Y ahí se quedaron.

CAPITULO TRES

La astroteca de la otra cuadra

Cuando estoy muy, pero muy aburrido, voy a la astroteca de la otra cuadra y me entrego a contemplar astros y planetas de toda índole. Pero tengo que estar muy aburrido. O sea; no hay amigos para ir a jugar; y en la televisión, seguramente estarán dando esas novelas cenicientotas y con muchos insultos, porque insultar por televisión es como acercarse a la realidad del televidente; y mas que acercarse a la realidad del televidente, es acercarse a la realidad; lo cual me hace pensar que los autores televisivos tienen por concepto de realidad, a una gigantesca franja de televidentes insultadores. Y sin embargo, distan micras de lo acertados que están.

Cuando voy a la astroteca de la otra cuadra, me atiende su propio dueño. Jacinto Galilei, mas viejo que el hambre, menudito, flaco y bien bajito, quizás, demasiado obediente de la ley de gravedad; usa ropas negras confeccionadas por el mismísimo diseñador del Principito y se lo ve siempre impecable; su rostro es agradable y presenta rasgos bonachones apapanoelados; usa lentes que en realidad son dos pequeños telescopios, los cuales intercambia por dos pequeños microscopios si necesita ver de cerca o leer; su cabeza está coronado por una larga y enrulada cabellera de oro; adecuada para cuando la economía lo apremia. Se corta tres o cuatro pelos y los vende en la joyería de la esquina. Se le desconocen amores o hijos. Y eso es lógico. La única pasión de Jacinto Galilei es su astroteca y lo que ella guarda.

-¿Qué queremos ver hoy?-Pregunta.

-No lo se. Quizás algún planeta habitado por inteligencias como las nuestras. Para comparar nomás…

-No hay.- Asegura con la determinación de los que nunca mienten o no saben mentir.

-Eso es imposible. En un universo tan grandote…

-Infinito.- Me corrige don Galilei

-Más a mi favor. Decía que en un universo tan… infinito como este, tiene que haber por ahí algún que otro planetita habitado por inteligencias como las nuestras.

-Linda teoría. Pero no hay.

-¿Está seguro, don Galilei? ¿No le andará faltando algún planeta?

-Seguro, Padrino Astronauta. En mi astroteca lo único que falta son soles, enanas blancas y agujeros negros. Y eso es debido a las disposiciones municipales por razones de seguridad. En cuanto a lo demás estoy completo. No existe lo que me pedís.

-¿Y cómo puede ser posible?

-¡Ah, mi querido Waltercito! Cuestiones del azar creativo. Estamos solos.

- Entonces quiero ver el planeta mas alejado del universo.

-Piso 14 borgiano, en la sección Amores Imposibles, hilera Aleph, el último anaquel arriba a la izquierda.

-¡Ay, don Galilei! Eso me queda muy, pero muy alto.

- A mi también.

CAPITULO DOS

El Niño del viento.

El Niño del viento es inmortal. Eso puede parecer extraño o poco habitual, pero para nosotros no es extraño ni poco habitual. El Niño del viento es un niño como cualquier otro niño pero inmortal. No tiene nada de extraño y es muy habitual verlo por El Barrio. Y digo que es muy habitual verlo por El Barrio porque vive en este Barrio. De otra manera, el Niño del viento seria el Niño del viento pero del otro barrio. Y quizás, por vivir en el otro barrio ya pierda su condición de inmortal. O quizás no. Lo cierto es que dejaría de interesarme casi casi automáticamente. Tal vez, esto de andar desinteresándome por las cosas del otro barrio (o de cualquier barrio que no sea el mío) sea xenofobia, como dice mi amigo Alfredo Froido, el psicólogo. Pero para mi es así de sencillo y se acabó. Y de última seré xenofobiano, o xenofobiatano o xenofobito o xenofobial o como se diga, y digo que de última lo seré, si xenofobia significa amar a mi barrio, y si es así, entonces pues, ¡qué viva mi barrio xenofobillo!...O como se diga.

El niño del viento es así de chiquito. Quizás un poquito mas chiquito todavía y tal vez mas. Es muy chiquito y flaquito... ¡Pobre niño! Todo su aspecto se ha preservado en la ternura del diminutivo. Y cuando digo pobre niño, lo digo con un notable dejo de envidia. Lleva el cabello largo hasta los hombros y son como negros y brillantes tirabuzones que flamean al viento que el mismo niño se encarga de producir. Porque el Niño del viento produce viento y no se lleva muy bien con el Hombre hecho de cielos. Sin embargo, no se odian y eso ya es mucho. El Niño del viento, usa ropas negras. Las cuales contrastan con su radiante sonrisa de dientes solares. Para todos nosotros es un niño muy bonito. Muy pero muy bonito.

El niño del viento supo jugar con mi papá. Y supo jugar con mi abuelo y con mi bisabuelo y con mi tatarabuelo y con el otro que sigue para atrás y no se como se dice pero ya mucho no me importa porque siento que en el fondo no somos tan parientes. Sin embargo, el Niño del viento me supo jurar por la brisa marina que, ese hombre que le sigue para atrás a mi tatarabuelo, era igual a mí. Y cuando dijo igual a mi, dijo igual a mi. O sea: dos gotas de agua. Y no nos pongamos en científicos para buscar las diferencias entre dos gotas de agua. Que eso de las dos gotas de agua es una metáfora y no otra cosa.

Mi querido primo, Ricardo Azul, profesor de historia y licenciado en arbitraje de bochas, me contó que el Niño del viento fue muy amigo de Cabral, cuando a Cabral todavía ni se le cruzaba por la cabeza la idea de ingresar al ejército. Según mí querido primo Ricardo: Cabral recién decidió ingresar a las filas del ejercito luego de recibir el rechazo de una tal Mariquita García o Sánchez, de voz bonita y afinada, la que terminó contrayendo nupcias con un tal Thompson o Johnson. Sin embargo, Cabral no permaneció mucho tiempo en el servicio. Ya en la primera batalla, Cabral presenció la muerte de su primo, el sargento, cuando este trataba de salvar al General San Martín; y eso le cayó muy mal. Esa misma noche, Cabral, no el sargento, desertó del servicio para nunca más volver. Terminó viviendo en Cuba, en donde se lo conoció como el Che Cabral. Detalle que no dice mucho.

Se sabe (y esto me lo contó la maestra Margarita; y si me lo contó la maestra Margarita es pura verdad) que, el Niño del viento puede hablar en una lengua que es la suma de todas las lenguas y que es perfecta y que se entiende mejor que el idioma que uno habla y que suena como música. Por supuesto, el Niño del viento, la habla como el niño que siempre ha sido, es y será. O sea: la conoce como un niño de siete años y se expresa como tal. Un niño de siete años puede saber lo que significa la palabra “Gordo”, sin embargo, aun le falta mucha escuela para cambiarla por la palabra “Inconmensurable”. No solo le falta escuela, carece de cinismo. En definitiva, el Niño del viento es el único ser humano que conoce La Lengua Universal. Lengua que se perdió con la caída de la torre de Babel. Lengua que hoy se encuentra reducida al conocimiento de un niño y por consiguiente, a su inocencia. Lo cual está muy bien.

El Niño del viento es inmortal y ha recorrido la triste historia del hombre siendo siempre niño e inmortal. Y en ningún momento perdió la inocencia, ni siquiera contemplando las peores atrocidades que el hombre tiene por costumbre cometer. Esto quiere decir que el Niño del viento no solo obtuvo la inmortalidad, también obtuvo la eternidad. El siempre y constante ahora. Y cuando digo el siempre y constante ahora, digo... ¡Pobre niño, siempre tan inocente! Y ya no se si lo digo con envidia o lo digo con tristeza. Lo veo ahí, contemplando envejecer al hombre, viendo como se derrumban los otros barrios y las ciudades y las naciones y las eras y los tiempos y todo y luego nada...Y el Niño del viento ahí. Tan chiquito, tan diminuto y bonito.

El Niño del viento vive en Nuestro Barrio y en realidad, vive en todo Nuestro Barrio. Pasa un día en cada casa y cada casa de Nuestro Barrio tiene una habitación disponible para el Niño del viento. Es el hijo y el hermanito. El Unificador. Es el que ha transformado Nuestro Barrio en una familia. Todos somos padres gracias al Niño del viento. Todos somos hermanos gracias al Niño del viento. ¿Religión? ¿Para qué? Si ahí está Nuestro Niño.

En verano lo usamos de ventilador. No le molesta ni se enoja. Al contrario. Le encanta generar viento. Y no le cuesta nada. Cierra sus ojos y ya está. El viento comienza a soplar. Y son vientos que ha ido coleccionando a través de la historia. O sea: son vientos históricos. Vientos calidos del antiguo Egipto con aroma a Cleopatra; o vientos Babilónicos que saben a principio de urbanización; vientos iracundos que traen temores Hebreos; o vientos Chinos que huelen a bibliotecas quemadas; vientos contemplativos de La India que traen los silencios del buda; o vientos muy fríos cargados de oraciones Tibetanas; vientos filosóficos de la antigua Grecia; vientos que dicen “Vine, vi y vencí” y que luego interrogan con perplejidad mortal “Brutus, ¿tu también?”; o vientos comunes y corrientes de alguna aldea que nunca hizo nada como para preservarse en el recuerdo; vientos con ejércitos; o vientos con aroma a flores que ya se extinguieron; vientos de libertad; o vientos que gritan “Viva La France”; vientos con las primeras máquinas que conquistaron el cielo...Y vientos, vientos y vientos. Toda la historia en esos vientos y todos los vientos de la historia.

La última vez que estuvo en casa le pedí que generase el primer viento que capturó. Abrió los ojitos y dio un saltito de entusiasmo. Me dijo “Bien” y luego cerró los ojos. Pero no generó nada. En cambio, llenó de aire sus pulmones y luego sopló, sopló y sopló. Cuando se quedó sin aire, abrió los ojos y me sonrió...Y si no escuché mal, creo que me dijo:

-Y ahora empieza la historia, hijo mio.

CAPITULO UNO

El padrino astronauta

El hombre hecho de cielos sufre la molestia de ser surcado por oscuras golondrinas que emigran de un lado para el otro según las temporadas; y por otras aves atrevidas, o sea: por casi todas, ya que casi todas las aves son atrevidas. Menos, claro está, por el pájaro azul de la esperanza. Pájaro tímido si los hay. Y por hermosos aviones que llevan a señores muy serios con sus costosas computadoras portátiles. Y digo hermosos aviones porque para mí, todos los aviones son hermosos; y son mucho más hermosos que las aves, que no llevan nada, solo a ellas mismas; y por barriletes que se atan a un niño; y más que al niño, se atan el padre, que no es nuestro, sino del niño y no está en el cielo, sino en la tierra. O mejor dicho, está en El Barrio.

El hombre hecho de cielos, fue construido con todos los cielos que alguna vez contempló cuando aun no era un hombre hecho de cielos. Es por eso que su color no es uniforme. Carga con miles de cielos. Uno por cada momento de su vida. Aun con aquellos que se negó a contemplar porque estaba enfadado con nuestro Dios (El Niño del Viento). Como si nuestro Niño estuviese en el cielo o fuese el mismo cielo o no sé. La cuestión es que carga con todas esas infinitas gamas del cielo y a mí, tanta variedad no me despierta ninguna confianza. Quizás se trate de una buena persona. Ni yo puedo asegurar lo contrario. Lo cierto es que El hombre hecho de cielos no me alimenta ninguna seguridad. Para colmo, en sus pies y a manera de estigma o de calzado, lleva un buen par de arco-iris. Estoy bromeando. Es una buena persona.

El hombre hecho de cielos a veces está nublado. Y esto no es para nada extraño. Tampoco intento transmitir una metáfora que mencione la tristeza del hombre hecho de cielos. Directamente estoy diciendo que El hombre hecho de cielos a veces está nublado. Y si esas nubes traen agua, El hombre hecho de cielos a veces llueve. Y es ahí cuando no lo dejo entrar a casa. Que llueva, no quiere de decir que llore. Digo que se larga a llover. Y llueve porque ha traído nubes cargadas con agua. No con lágrimas. Con agua. Las nubes no cargan lágrimas. Eso seria una locura. En otras ocasiones, El hombre hecho de cielos trae tormentas eléctricas. Y eso se pone muy divertido. Su voz se vuelve grave y me cuenta chistes a tono de trueno. Por supuesto, se mantiene paradito afuera de mi casa mientras yo lo escucho subido al techo. Lo más cómico es cuando se ríe. Su risa es contagiosa y muy divertida. Y se ríe mucho si viene con tormentas eléctricas. Parece que los rayos le hacen cosquillas. En definitiva, lo prefiero tormentoso a cuando está soleado.

El hombre hecho de cielos, tiene una voz muy particular. Suena a viento. Especialmente cuando pronuncia la “Ese” o la “Efe” o la “Zeta”. Sin embargo, a la “Zeta” no la pronuncia muy bien. Quiero decir que directamente la pronuncia muy mal. Me encantaría que ustedes puedan escucharlo. Estoy seguro que me darán la razón. Suena a viento. Pero por favor, no le digan que su voz suena a viento pues El hombre hecho de cielos está enfadado con el viento. El viento le supo robar su nombre y su más querido sombrero de molino de viento. Regalo de un servidor.

El hombre hecho de cielos, dice conocer el horizonte y asegura de forma solemne que puede estar ahí (en el horizonte) cuando se le antoje. Hasta donde yo se, el horizonte ha sido diseñado para que nadie lo pueda alcanzar. Y cuando digo nadie, digo nadie. E incluyo a los caballos, con o sin monturas y señores sobre estas. Pero señores sin computadoras portátiles, porque esos señores van en aviones. Entonces, no veo cómo puede hacer El hombre hecho de cielos para estar en el horizonte cuando se le antoja. “Muy fácil, Waltercito” Me explicó “Simplemente tengo que acostarme sobre la tierra”. ¿¡!?. Si me remito a la teoría, el horizonte es la línea que se forma en la lejanía entre la tierra y el cielo. Tierra podemos encontrar por todas partes; y El hombre hecho de cielos, está hecho de cielos; con que se acueste sobre la tierra, inmediatamente construirá un pequeño horizonte. La práctica parece encajar con la teoría. Sin embargo, no se por qué me suena a patraña. Quizás, me suena a patraña porque nunca me pudo explicar como haría para formar un horizonte en el mar. El viento, ese pícaro que le robó el nombre al hombre hecho de cielos y su más querido sombrero de molino de viento, regalo de un servidor, me sopló un dato escabroso: El hombre hecho de cielos nunca pudo aprender a flotar. Ni a nadar. Ni a nada de nada. Inutilidad acuática.

El hombre hecho de cielos, a veces se refleja en el agua de las piscinas municipales. Y ahí se queda, extasiado con su propia imagen que se confunde y funde con el cielo que está arriba y que no es un hombre y que tampoco está hecho con hombres, sino que es cielo por derecho propio y que siempre ha estado; y cuando digo siempre, digo siempre; y siempre quiere decir que ha estado antes que la tierra y mas aun. Pero a esto último no lo puedo asegurar porque todavía no he encontrado a nadie que haya estado ahí para decirme “si, así es”. Supongo que en las piscinas municipales y ante la contemplación de su reflejo en el agua padece algo semejante a un ataque filosófico. No se. Digo ataque filosófico porque se mantiene muy serio y silencio. Bien podría ser otra ciencia. Periodístico no. Principalmente porque desconozco si el periodismo es una ciencia o no; y porque los periodistas no son serios ni silenciosos. Bueno, ya no importa. Lo interesante y quizás muy cómico de este asunto de las piscinas municipales es ver al hombre hecho de cielos estremecerse ante las ondas que se producen en el agua debido a la actividad de la pileta. Y ni hablar cuando algún niño travieso que nunca falta, se arroja al agua directamente en el reflejo. El hombre hecho de cielos, no el reflejo, ante tan atrevida travesura, se cubre el pecho con los brazos como si lo hubiesen herido con una bala. En este caso: un niño-bala, que nunca falta. Habiéndose percatado de su ridículo comportamiento, saluda a todo el mundo muy amablemente y se va de compras al primer shopping que se le cruza en el camino. Hay quienes aseguran (y son muchos) que, por mas que el hombre hecho de cielos se vaya de compras, su reflejo se queda en el agua tomándose el pecho. A mi me parece que no. O quizás yo veo mal. Nunca vi a ningún reflejo tomándose el pecho. Para mi se trata del cielo que está arriba, el que siempre estuvo, el que no está hecho de hombres y ni es hombre; y que no se va de compras a ningún shopping que se le cruce en el camino, simplemente porque el cielo no tiene desmesurados y fríos shoppings con los cuales cruzarse. Eso seria otra locura.

El hombre hecho de cielos, de nombre robado por el viento, me juró por su tesoro más querido, el sombrero de molino de viento, también robado por el viento y obsequio de un servidor, que, un día entre invernal y primaveral, un cohete con destino a la luna lo atravesó de pies a cabeza. Lo peor de todo es que tiene pruebas y con ellas me cerró la boca. Otro día, se le supo enredar entre los dedos de su mano derecha los hilos de un paracaídas. El paracaidista sobrevivió al accidente sin ningún rasguño. Sin embargo; y supongo que por la molestia, El hombre hecho de cielos se quedó con la tela del paracaídas y hoy la usa de sabana.

No recuerdo quién, pero quién haya sido era un recién llegado al Barrio, me preguntó sino me parecía extraño que un hombre esté hecho de cielos. Le respondí a quien haya sido que no me parecía para nada extraño. Al contrario. El hombre hecho de cielos es una persona como cualquier otra persona que no está hecha de cielos. Toma mate y lo ceba muy bien. Amargo, eso si, pero lo ceba muy bien. Juega al truco, pero sin flor; juega al solitario y se hace trampa (como todo el mundo) y no sabe jugar al ajedrez (también como todo el mundo).Existe como todo el mundo, con la única diferencia que, la mayoría de las personas no entiende su existencia. Sabe hacer ricas mermeladas (me refiero al hombre hecho de cielo. ¿A quién sino?) Y hasta tiene una bonita y dulce novia que se llama Luna Radiante con la cual contraerá matrimonio y yo seré el padrino. Están todos invitados. Menos el viento y tampoco esos señores que viajan en aviones con sus computadoras portátiles.

El hombre hecho de cielos, es mi mejor amigo aunque no lo parezca. Lo quiero con todas sus virtudes y defectos. Y se muy bien que me quiere con todas mis virtudes y con todos mis defectos. Los cuales son muchos. Siempre le estaré eternamente agradecido. Y no es para menos. Pero si es para más. El hombre hecho de cielos me permitió pasear por las estrellas.

Una noche de verano, de esas que brillan y uno quiere “eternizarse” en ella; y que perdure y que perdure y que perdure, pues se trata de una noche sin par (como todas las noches en el Barrio) yo estaba subido a mi techo. Y estaba triste. Y en esa tristeza no había ningún ánimo de contrariar a la noche. Simplemente estaba triste. Entonces, llegó El hombre hecho de cielos con un color de cielo tipo tres y cuarto de la tarde (Su reloj biológico nunca estuvo de acuerdo las horas del día) “¿Qué te pasa?” me preguntó. “Estoy triste. Siempre he querido viajar a las estrellas pero es imposible. Nunca me llaman para viajar a las estrellas” “No hay problema” me aseguró con su voz de viento; pero por favor, no le digan que tiene voz de viento. Entonces, el hombre hecho de cielos comenzó a atardecer y atardeció y atardeció y por fin: El hombre hecho de cielo se hizo de noche y le brillaron las estrellas y me aseguró que albergaba a todas las estrellas que puede tener el cielo que está arriba. O sea: todas. Y yo le creí. Y me invitó a que saltara hacia ese cielo que era el y yo salté, porque saltar no me causa vértigo ni pánico, menos aun cuando un amigo te cuida. Y así anduve por el espacio infinito de mi amigo y conocí a todos los planetas y todos los satélites y todas las estrellas y todas esas cosas que están en el cielo sideral. Y así anduve y anduve hasta que tuve que regresar para el casamiento del hombre hecho de cielos, el cual será mañana y yo oficiaré como padrino. El padrino astronauta.

A Liliana y Carlos

GUIA

Caminen sin miedo y habrán ingresado al barrio. Será como dar vuelta la hoja de un libro. No teman. Es el barrio. El barrio de la eternidad. Así lo llaman. Alguna vez fue mío, hasta que tuve que venir aquí para ser el guía. Vamos, no teman. Entren al barrio. Es el lugar más hermoso que pueda existir. No le busquen lógica. El barrio no la tiene. Ahí todo es distinto y a la vez muy familiar. Encontraran lo mejor de ustedes. Una hermosa infancia (si la tuvieron) y también, una hermosa infancia (sino la tuvieron). Vamos. Lo mejor está esperando en el barrio. ¿Estructuras filosóficas? Nones. El barrio es un acto de fe. ¡Estructuras filosóficas! Eso me causa mucha gracia. Me suena a equitación protestante, diría Jorge Luís. Que también vive en el barrio. ¿Lo conocen? Ya lo conocerán. Es el escritor más genial de todos los tiempos… ¿En qué estábamos?

¡Ah! Bueno. Como para que se vayan haciendo una idea, y mientras vamos caminando, pasaré a contar lo que allá sucede.

Quizás tengan que pagar algún que otro derecho de piso, pero no se preocupen. No son tan crueles como parecen. A veces si. Sin embargo, ¿Qué son esos pagos en comparación con lo que van a recibir? Nada. Vamos. No teman. Están a punto de ingresar al barrio. Barrio que cuenta con un clima muy especial. A cada uno le reina el clima que se le antoja, y no molesta al prójimo. Por ejemplo: para mí, el clima del barrio ha sido siempre calido y agradable. Y si a otro le ha llovido, casi que ni me di cuenta. Parece muy extraño todo lo que estoy diciendo, pero el barrio es así, y no es mi culpa. Y si la fuese, estaría orgulloso. Vamos. No teman.

¿Trabajo? ¿Me preguntan si en el barrio hay trabajo? No se si en el barrio hay trabajo. Lo que puedo asegurar es que en el barrio hay felicidad. Y no se si será lo mismo. ¿De qué viven? ¡Qué preguntas tan extrañas que me hacen! Viven porque son eternos. Así como lo serán ustedes, apenas hayan ingresado.

¡Vamos! No teman. Sigan leyendo...y bienvenidos.

A MANERA DE PROLOGO

Los Niños de la Eternidad son cuentos que construyen una novela. Habla sobre un barrio muy extraño y lo que ahí sucede. El Barrio de la Eternidad. Está relatado en primera persona y el encargado es "Waltercito". Uno de los tantos niños de ese barrio. Malhumorado, malcriado, xenófobo, travieso, haragán y un largo etc.
Iré publicando 4 capítulos cada 7 días hasta completar la totalidad de la novela.
No van a leer nada del otro mundo. Es apenas una modesta novela sin ninguna intención en particular. Así como la escribí para divertirme, espero que eso mismo cause en ustedes: diversión, distracción. O sea: eludir por algunos instantes ese despiadado conocimiento de que vamos irreversiblemente hacia la muerte. Buscadores de grandes profundidades abstenerse.
Por mi parte los dejo con "Waltercito" y hasta nunca