lunes, 9 de junio de 2008

CAPITULO DOCE

La cofradía de los que odian Superman o de cómo afecta el acostumbramiento.

Te odiamos por sobre todas las cosas, por sobre todos los héroes y por sobre todos los superhéroes. Aun por sobre tu inspirador, el mitológico Hércules; y por sobre el abanderado capitán América. ¡Cáete, Superman, cáete! Estrellá tu insoportable cara contra la antorcha de La libertad. Pedante, engreído y abusador. Así cualquiera es un héroe. Las balas no te dañan (y eso que tu país se jacta de fabricar las mejores balas) tu fuerza no tiene límite y para colmo podes volar. Sos una pesadilla. No te vemos como a un justiciero, ni como a un defensor de los desprotegidos, ni como a un amante de la libertad, ni como a un paladín de los derechos humanos. Sos todo lo contrario; sos un tirano; sos un dictador. Sos uno de esos tipos que tomaron el gobierno y se embriagaron de poder y ya borrachos no quisieron abandonar la sangrienta fiesta de reinar el mundo. Te odiamos por sobre todas las cosas. En cierta temporada te mataron y el mundo habló sobre “La Muerte de Superman”.La buena nueva nos sorprendió a tal punto que tuvimos que leer el episodio más de doce veces para creer que eso era posible. Luego hicimos fiestas y regalamos números inconseguibles de las aventuras de “Don Nicola”. Pero al poco tiempo volviste, te resucitaron aquellos que te necesitaban. Nosotros no; Aquellos. Los que piensan en negocios y ganancias y en controles sobre esos negocios y ganancias. Y te dieron un tinte más humano y te lavaron La Cara. Pero nosotros nos dimos cuenta de la jugada. Todo se trató de esas típicas campañas para blanquear una imagen. No solo contás con esos diabólicos superpoderes a tu favor, también te haces asesorar por algún departamento de la rama psicología política. Artimañas de tu metrópolis. Ahora nos preguntamos: ¿En dónde estuviste escondido todo ese tiempo en que te creíamos muerto? No no no. No hablamos de ese lugar que se cuenta en los episodios de tu resurrección. Hablamos de la realidad. ¿En dónde te escondieron? Quizás a estas alturas alguien nos diga: “Estos de la cofradía están locos. Se creen que Superman existe”. Y nosotros diremos: “¡No! No estamos locos. Superman existe”. Acaso, nunca se lo vea volar por nuestros cielos, pero sus influencias llegan y son como las patas de una araña que envuelven al mundo. Te odiamos por sobretodas las cosas. En cambio, le ponemos todos nuestros votos a Lex Luthor, tu recontra archienemigo. Admitimos que está un poco loco, pero es el único que te hace la bronca. ¡Y vaya que te hace la bronca! Y te hace la bronca desde su debilidad, desde su condición humana y sin el más paupérrimo superpoder que lo sostenga. A secas nomás. Y vos lo golpeas y lo mandas a la cárcel, en donde seguramente la pasará mal pero se escapará, no por amor a la libertad, sino para buscarte y hacerte la bronca de nuevo y vos lo volvés a golpear y otra vez a la cárcel y el tipo no escarmienta e insiste. E insiste de un modo casi estoico; a diferencia tuya, que sos bastante epicúreo a la hora de prodigar mamporros. Admitimos también que Lex Luthor no es tu único enemigo y que te la tuviste que ver con otros miles; pero eso solo habla a las claras de cuantos son los que no te soportamos. Sin embargo, ninguno insiste tanto como Lex Luthor. Resulta que ahora pasan por la televisión una serie en donde muestran tu pasado juvenil junto con Lex Luthor y para colmo, se los ven íntimos amigos. De no tratarse de otra típica campaña para blanquear tu imagen: ¿qué le hiciste para que luego te odiara tanto? Porque algo le tuviste que haber hecho. Y que no nos vengan con que no le hiciste nada y que Lex Luthor ya es malo así nomás o que todo se trató de un mal entendido o vaya a saber el Niño del viento qué tipo de excusa rebuscada muestran para dejarte bien parado. ¡No! Algo le hiciste y se le nota. De todas maneras, no creemos en esa serie y lo que muestra o deje de mostrar, nos sabe a estrategia para mantenerte en el poder por unos cuantos años más. Los de la cofradía, estos que somos tan endebles, rogamos por Lex Luthor. Quizás algún día te derroque y ahí veamos que sus verdaderas intenciones solo pasaban por derrocarte para tomar las riendas y ya tengamos entre nosotros a un nuevo tirano tan o más despiadado que vos; o quizás, solo se conforme con derrocarte y así se retire de la vida pública para formar una familia con una mujercita que le peine los peluquines e hijitos tan pelados como el. No lo sabemos. Lo cierto es que el día en que eso suceda, nos veremos obligados a desarmar la cofradía, la que en alguna medida es tuya, pero que ya no tendrá ningún sentido cuando dejes de volar por los cielos.
¡Dios mío! ¿Por qué nos encariñamos tanto con algunas cosas?


A: Superman, me guste o no.
Lex Luthor.

CAPITULO ONCE

Los para no ser menos

Casi todo en la vida puede ser perdonado. Algunas cosas más, algunas cosas menos. Pero en definitiva, casi todo puede ser perdonado. Los únicos que no tienen perdón son “Los para no ser menos”. O sea: el primer grupo de rock del barrio. Un desastre, un atentado, una masacre, una matanza, una catástrofe musical. Algo feo, doloroso, lamentable e insalubre. Sin miedo a equivocarme y como si le dijera que mañana el sol sale por el Este, puedo asegurar que “Los para no ser menos” es el peor grupo que ha dado la música en la historia de la humanidad; y quizás, estoy siendo piadoso, porque tendría que decir que se trata del mejor grupo que ha dado la música en la historia de la inhumanidad. Lo que ellos hacen es inhumano, lisa y llanamente inhumano; y no son merecedores de ningún perdón, ni humano, ni divino, ni diabólico.
“Los para no ser menos” armaron el grupo precisamente para no ser menos, porque según ellos: ¿Cómo puede ser posible que todos los barrios tengan un grupo de rock y El Nuestro no? Así pues, llegó la maldita hora en que se juntaron y así dejamos de ser los menos, cuando en realidad estábamos muy bien siendo los menos, los casi únicos, los poquitos, los bienaventurados. Se hizo todo lo que se pudo hacer para evitar que se formaran, pero no hubo caso. Primero se probó con la coima. Aceptaron la coima pero no cumplieron con sus partes. Hasta nos vimos obligados a recurrir a la amenaza y no hubo manera. Estaban decididos a no ser menos y lo lograron.
“Los para no ser menos” está integrado por: el Niño del viento en la batería; Alfredo Froido en el bajo; Norberto Suárez, el rey de los duendes, en la guitarra eléctrica y Lavandino en la voz.
Lo peor de todo, pero lo peor de todo, es que, cada uno por su cuenta y solito es un verdadero virtuoso, un genio sin par, un desmesurado intérprete. Comienzan a sonar en grupo y las cosas bellas de la vida pierden el sentido. La creación, el universo, la existencia, todo, absolutamente todo se vuelve un dolor de muelas en un día feriado y sin odontólogo que nos atienda. Y aunque no lo parezca, estoy siendo piadoso, porque tendría que añadir farmacias en huelga. He ahí otro infierno que no es católico.
El grupo de marras (y nunca supe lo que quiere decir marras pero se me ocurre que es una buena palabra para calmar a los intolerantes) ensayan en el fondo del taller mecánico de Edmundo Polinari, alias José Pérez, alias “autopartes dudosas”, alias “siempre un patrullero en el portón”, alias “actividades en la madrugada”. Y no se si saben leer entre líneas pero bueno. El hombre se tiene que ganar el pan. Y he aquí cuando digo que al Dios de los otros barrios se le escapó un par de detalles en su plan divino y misterioso de la creación; como por ejemplo: la boleta de la luz; gas natural; alumbrado, barrido y limpieza; agua; televisión por cable; alquileres; mutuales; jubilación privada; teléfono; la reparación de algún desperfecto en su automóvil; el pago de la patente; etc, etc, etc. Ergo: Dios se quedó corto con eso del sudor de la frente. Quizás para la próxima pueda limar estos detalles que, hoy por hoy, no son para nada relativos. O sino, dígale usted al tipo que le viene a cortar la luz que no se la corte porque en realidad pagar o no pagar el impuesto son más bien detalles relativos. ¿Sabe lo que dirá el tipo? Nada. Y le cortará la luz. Y si algo estoy esperando es que le corten la luz al taller de Edmundo Polinari. Así “Los para no ser menos” dejan de ensayar por algún tiempo. Con dos o tres eternidades me conformo.
Hemos logrado meterlos en el fondo del taller para que no molesten tanto, para salvaguardar al Barrio y al prójimo de la catástrofe que producen. Y en cierta manera, el cometido fue llevado a buen puerto. El único que naufragó fui yo. Debo presentarme religiosamente a cada uno de los ensayos o en caso contrario me la dan. Y cuando esos cuatro te la dan, te la dan con la misma furia de los que han sido ofendidos. O sea: “capote furioso con gallo”. La pena casi máxima. La pena máxima es perder la amistad. Sin embargo no es una pena eterna. Es una pena que apenas dura dos o tres días; una semana cuando mucho; y luego como si nada. Creo que de ahí viene el “amiguismo”.
… Y además hay que aplaudir. Si, señor. Además hay que aplaudir o se ofenden. ¡Y vaya que se ofenden! No importa lo que uno opine, critique o maldiga. Eso está permitido. Lo que no está permitido bajo ninguna circunstancia es no aplaudir. Y yo aplaudo y aplaudo y aplaudo porque ya estoy cansado de tanto capote furioso con gallo; a pesar de que no tendría que ser con gallo, porque con gallo es para cuando uno falta a los ensayos, pero bueno: así de crueles y malvados son; y en definitiva, me pagan con la misma moneda.
Cuando el Niño del viento se asume en calidad de músico, se hace llamar Ringo. Ringo Bonavena; y no está para nada equivocado. Algo de boxeo hay en su forma de tocar la batería. A veces, se cae de la banqueta y es cuando debo ir presto a rescatarlo del piso y devolverlo al asiento. Y ya en su puesto, me corre a los codazos mientras dice “Salí, salí”… y se entrega nuevamente a esa implacable paliza arrítmica que le da a los parches.
Alfredo Froido, el niño psicólogo, es el más intelectual de los cuatro a la hora de interpretar una cadena de notas. Algún crítico musical, de esos que nunca faltan, opinará que el estilo de Froido es más bien analítico que gestall, quizás un poquitin cognitivo, pero un poquitin nada más, como para volcar a la interpretación todos sus conocimientos estadísticos de la escala pentatónica. Digamos brutalmente que es un músico cerebral y medido. Toca, pero no se involucra; deja que los demás se explayen y de vez en cuando apoya para que cierren el acorde que no pueden cerrar. Siempre le busca el bemol a la nota. Los ensayos de Alfredito duran una hora.
Norberto Suárez, es el peor de todos. Llega a los ensayos con anteojos oscuros para sol y para la gente que le da asco. Se diría que practica para estrella de rock y quizás, quizás, quizás; aunque el dice que no, que lo hace para pasar desapercibido porque no debemos olvidar que es un duende; y más que un duende, es el rey de los duendes del Bosque Encantado. Ahora yo me pregunto: ¿Cómo hace esa cosita que apenas supera los 80 centímetros, peluda, con su conjuntito rojo y verde, que arrastra una enorme guitarra fucsia modelo Telecaster, que lleva anteojos para sol y para la gente que le da asco para pasar desapercibida? ¿Cómo hace? Voy a terminar pensando que es muy cierto eso que ya está practicando para estrella de rock. Y que nadie me venga con que está obligado por las circunstancias. Porque de última; y si quiere pasar desapercibido, que se tome un taxi. Y en cuanto a su música ni hablar. ¡Música!
Y he llegado al cantante, a la voz (y que Gardel y Sinatra lo perdone) a Lavandino. Lavandino no es la excepción a la regla; es la regla. Lisa y llanamente; sin más ni menos; de cabo a rabo; justamente. Lavandino canta bien, pero canta siempre lo mismo, en todos los temas, en todas las estrofas, en todos los estribillos. “Te amo, Detergenta. Te amo, Detergenta. Te amo, Detergente. Te amo, Detergenta”. Esas son sus letras. Todas. Y nada más.
Yo no se qué hacer. Si voy, me torturan con esa música. ¡Música!. Si no voy, capote furioso con gallo. Y no pasa por el hecho de que me duela el capote o me cause asco el gallo. Pasa porque siento que les rompo el corazón. Y no se. Son mis amiguitos. Quizás nunca lleguen a nada, que es lo más probable, o quizás si. Lo único que puedo asegurar, es que cuando tocan esos desastres imperdonables, esas matanzas, esos horrores, esas masacres musicales: les brillan los ojos y son felices.
De todas formas, iré a comprar algodones.

CAPITULO DIEZ

Efecto, ley, instante e instante contrario Lansky

Efecto

El efecto Lansky es precisamente un misterioso efecto observado por el hasta hace unos días desconocido profesor Teodoro Raúl Lansky. Cincuenta años, un metro cuarenta y gracias, calvo, regordete y usa cara de andar siempre pensando. Calza unos borceguíes negros, pantalón guerrillero, camisa azul mediterráneo y un largo guardapolvo blanco con nuestra escarapela. En caso de frío recurre a un grueso sobretodo marrón sin escarapela; en su lugar se ha hecho bordar lo que el profesor Lansky considera la poesía más sublime que ha dado la humanidad: E:mc2. Y en eso tiene toda la razón.
Algunos consideramos que el efecto Lansky es lisa y llanamente una patraña, una mentira y un absurdo sin el más mínimo sentido. Otros declaran que el efecto Lansky, podría llegar a ser uno de los descubrimientos mas importantes de la ciencia, si supiesen en realidad de qué se trata tan mentado efecto. Para los más, el efecto Lansky no encerraría nada y que todo se reduciría a un nombre disponible para todo aquel científico serio que descubriese algún efecto comprobable y que, por la emoción del descubrimiento o que, por falta de inspiración o que, vaya El Niño del Viento a saber por qué misteriosa razón no se le cruzara por la cabeza ningún nombre para su efecto; entonces pues, ahí tiene uno. Vendría en dos tamaños y/o modos de uso. Momentáneo y permanente. Momentáneo, por si las dudas le quiere cambiar el nombre; permanente, por una cuestión “Sonorocientifica”. Siempre sonará mas científico “Efecto Lansky” que “Efecto Pérez”. Y que los Pérez me perdonen. Pero yo no tengo la culpa.
Al profesor Lansky, se lo puede encontrar atendiendo su propio kiosco. Queda al frente de la plaza principal de Nuestro Barrio, justo para donde apunta el dedo índice de la estatua del general Hipólito “vayan y maten a todos esos indios” Lacroix. Le va bien. Me refiero al profesor Lansky con su kiosco, porque al general Lacroix le fue como le tenia que ir; hecho una estatua y decorado por las palomas.
Si le preguntan al profesor Teodoro Raúl Lansky de qué se trata su efecto, pueden suceder tres cosas: A) que esté borracho y se aboque a una explicación interminable, pletórica de números, formulas y términos científicos bastantes rebuscados y confusos, y con la falta de nitidez típica del hablar de los borrachos, o: B) que se llame a su oficio de kioskero y que a nuestra pregunta la responda con otra pregunta: ¿Qué vas a llevar? o: C) que esté en científico y se aboque a una explicación interminable, pletórica de números, fórmulas y términos científicos bastantes rebuscados y confusos, pero con la nitidez en el hablar de los que no están borrachos. Puesto a elegir, lo prefiero borracho. No se. Es más divertido y se le da por regalarme caramelos.
Yo, le pido ejemplos más claros. Como los que se usan para explicar la teoría de la relatividad: trenes, jefes de estaciones con relojes en manos, pelotas que se tiran por las ventanillas y cosas así. El muy astuto del profesor Lansky se remite a Sábato y me hace saber que esos ejemplos ya no son teorías. Y tiene razón. Me refiero a Sábato. Porque lo del profesor Lansky me suena a pura excusa. Sin embargo, insisto por ejemplos. Entonces, el profesor Lansky se entrega a meditar, o se hace el que se entrega a meditar y luego dice:
-Hagamos de cuenta que vos entras corriendo al kiosco y me pedís un cigarrillo suelto porque la ansiedad te...
-Profesor Lansky; yo no fumo. Soy un niño.
-¡Ah! Lo siento muchachito. Sin esos factores es imposible que te de un ejemplo.
-¿Y si le pido una gaseosa en vez de un cigarrillo?
-Tiene que ser un cigarrillo.
-¿Y si es un adulto en vez de un niño?
-Tiene que ser un niño.
-¿Y por qué?
-Porque se me antoja. ¿Qué vas a llevar?
Lo cierto es que nadie sabe o logra entender de qué trata el efecto. Ni siquiera los científicos serios, que se quedan mudos y perplejos ante las palabras del profesor Lansky. Y aunque parezca mentira y para la sorpresa de todo el mundo, le acaban de dar el Nóbel a la física, simplemente por las dudas. Cosa muy extraña, porque en una primera instancia fue puesto a concursar por el Nóbel de la Paz. Simplemente porque semejante patraña no le puede hacer daño a nadie.

Ley

La ley de Lansky, no tendría absolutamente nada que ver con su famoso e incomprensible efecto que le brindó el Nóbel. Esta ley abandona el terreno de la física y las regiones de la química para ingresar en el mundo de los abogados, los fiscales, los jueces y todo eso. Teodoro Raúl Lansky, ahora autoproclamado doctor, asegura haberse pasado noches enteras tratando de idear una ley a la que no se le pueda idear una trampa.
Se cuenta que el doctor Lansky dio con la ley cuando se encontraba haciendo la plancha en la pileta municipal durante una calurosa tarde de enero.
Según los testigos, el doctor Lansky gritó: “Eureka, la tengo, la tengo...” y salió corriendo a darla a conocer. Algunos niños crueles opinan que no dio con ninguna ley y que fue recién ahí, a los cincuenta años de edad, que el doctor Lansky entendió la regla de tres simple. A mi me parece una opinión muy cínica y exagerada. Una mente como la del doctor Lansky no puede entender la regla de tres simple en tan poco tiempo. Haya sido el momento o no, lo cierto es que el doctor Lansky no pudo dar a conocer su ley hasta el mes de febrero. Por esa cuestión del feriado judicial.
La ley es tan fácil y simple que no me quedan dudas de que se trata de otra patraña. Dice así:
“A esta ley no se le puede hacer trampas”
Y aunque parezca mentira y para la sorpresa de todo el mundo, la ley ha sido aprobada. La cuestión radica en el representante de las partes que la declare primero. Como jugar al “chancho”. Desde que está en vigencia ya nadie va a la cárcel. Por El Barrio no sabemos qué pensar.

Instante Lansky e instante contrario Lansky

Somos fanáticos del instante Lansky. Nos encanta. El venerable profesor Lansky lo explica de la siguiente manera:
-Tenemos el mapa de una ciudad. Pero en realidad, es una ciudad contemplada desde arriba; así que, olvidemos el mapa y hagamos de cuenta que somos nubes y estamos contemplando la ciudad con ojos de nubes. Por la calle que se llama horizontal va un automóvil último modelo a 75 kilómetros por hora. Lo conduce un caballero y va en sentido este-oeste. Por la calle que se llama vertical va un automóvil casi último modelo a 60 kilómetros por hora. Lo conduce una dama y va en sentido norte-sur. El choque será inevitable. El caballero no ve a la dama y la dama no ve al caballero. Y el impacto ya está ahí. Ahora, congelemos la imagen y bajemos para observar de cerca. Y no se preocupen, niños, no hay testigos. Y si hubiese testigos, seremos considerados neblina. Ahora, ustedes dirán que los automóviles ya se están tocando y que eso ya es un choque; y yo les digo que no. No, no, no. Eso no es un choque. Ese es el instante Lansky; y es mucho menos que un tris; y ya no cabe un alfiler, ni una hoja de afeitar, ni la centésima parte de un cabello, ni un átomo; y salvando el rigor científico: ahí no cabe ni la cuarta parte de un núcleo, ni absolutamente nada que se pueda dividir. Sin embargo; hay un minúsculo vacío. Y es tan minúsculo, que ya es infinito; y es tan vacío que, si lo pudiésemos contemplar con los ojos del Dios de los otros barrios, nos daría tristeza semejante desolación. Ese es el instante Lansky; un vacío invisible pero infinito a la vuelta de la esquina que está a punto de ser llenado por el amor.
-¿Y el instante Lansky contrario?
Teodoro Raúl Lansky, observa su botella de vino tinto de pésima calidad y con voz poco clara responde:
-Cuando Maria me dejó.

CAPITULO NUEVE

Adela, la gorda

Adela, la gorda, nació gorda de padres gordos un día gordo. 21 de diciembre. Se cuenta que la culpa de tales gorduras la tuvo una bruja malvada que le lanzó una pesada maldición a la familia de Adela. No se. Para mi la culpa la tuvo la alimentación y sin bruja de por medio. Salvo, claro está, que a la voracidad se la llame bruja. Y si es así, nadie se tomó la molestia de avisarme.
Adela, la gorda, ya no es una niña y creo que nunca lo fue. Y eso es una verdadera lastima. Y cuando digo lastima, digo lastima con todas sus lamentables letras. Lo que no quiere decir que todas las letras del abecedario sean lamentables. No. Digo que a veces y según como se las quiera combinar, algunas letras forman una palabra de significado lamentable. Como en este caso, “lastima”. Y más lamentable me resulta cuando la palabra “lástima” viene precedida por una absoluta falta de infancia. O sea: de pe a pa. La “pe” de Adela son sus actuales veinte; la “pa”: su nacimiento. Adela nunca tuvo infancia y no lo digo “fulgenciamente”; lo digo “adelamente”. Esos hombres viejitos que han superado la barrera del sonido de los 60 o 61 añitos y que andan a la hora de la siesta jugando al ring-raje, más que hombres que no han tenido infancia, son hombres que han decidido conservar sus mentes en la infantilidad. Esto puede resultar patético, y/o quizás molesto, especialmente si usted está durmiendo su merecida siesta y le tocan el timbre y usted sale a atender y encuentra a un viejito a dos metros de la puerta de su casa en clara aptitud de raje luego del ring; y el viejito que se cree que raja cual una liebre y usted que observa con contundente e inequívoca objetividad que ese raje es digno de una tortuga embarazada. Eso puede caerle patético y molesto, pero usted ¿qué le diría? “¡Hombre grande! Mírese abuelo. Déjese de molestar (por su bien) o le dará un ataque a las coronarias”. Yo le aconsejo que sea un poco más piadoso y que no le diga nada. Y si le quiere decir algo, haga como si el viejito ya estuviera en la otra cuadra y grítele: “¡Mira, che mocoso!... ¡Decí que no te puedo correr, porque si te agarro te hago sonar! ¡Y ya vas a ver!” Y no tenga miedo en tutearlo. Eso lo hará sentir chocho. Pero no chocho como el viejo que es en realidad: chocho como un nene. Que en el fondo, también lo es. Sea usted más piadoso. Y si luego quiere cerrar la puerta de su casa y romperse a llorar de pena; y más que romperse a llorar de pena, romperse a llorar porque su propio futuro le tiene reservado la vejez, hágalo sin ninguna vergüenza. Ese mismo viejito lo sabrá comprender.
Adela, la gorda, nunca tuvo infancia. Apenas asomó su naricita a la vida infantil del Barrio, fue victima de nuestras más crueles burlas: “Gorda”. Fue el grito que se escuchó. Y con eso bastó para que nunca más volviese a asomar su naricita. Su complejo estuvo a la altura de su gordura. O sea: fue un complejo consecuente con el tamaño y el peso. Esto quiere decir que su complejo engordaba minuto a minuto. Ya no necesitaba los oficios de un simple psicólogo; necesitaba a un psicólogo nutricionista con asesoria en imagen. Cosa bastante difícil de encontrar. No digo que sea imposible. Digo que es bastante difícil de encontrar; ¡Y vaya que si los padres de Adela la anduvieron llevando de psicólogo en psicólogo! No hubo psicólogo al que no asistió. Todos, absolutamente todos, fracasaron en la primera sesión. Mejor dicho: fracasaron los divanes ante el peso de Adela... Y Adela ya se enojaba y se marchaba de forma ostensible y regresaba llorando a su hogar y asaltaba a la heladera y consolaba su dolor con un enorme emparedado de milanesa. Y eso, era apenas su consuelo para recuperar el apetito perdido.
Debido a que Adela se negaba a ir a la escuela, los padres se vieron obligados a contratar maestros privados para que la instruyeran en las matemáticas, en la gramática, en la historia y en las ciencias naturales. Y así, no es lo mismo que en la escuela. Porque no se puede comparar a que te manden de penitencia a un rincón del aula, a que te manden de penitencia a un rincón del living de tu casa. De última, en el rincón del aula tus papis no te ven; y si el lío no pasa a mayores todo queda en la escuela. En cambio, si tus papis te agarran en el rincón del living ¿vos qué vas a decir? Queda bien clarito que estas ahí en penitencia y no precisamente por haberte comportado mal con el compañerito. Se cae de maduro que estuviste comportándote muy pero muy mal con el mismísimo maestro privado. Y no se por qué, “maestro privado” me suena bastante aburrido.
Adela, la gorda, jamás frecuentó la pileta municipal. Las razones son obvias: vergüenza; temor a las burlas que de hecho hubiese recibido; desbordamiento de las aguas; falta de talle en la ropa de baño; agotamiento instantáneo de los alfajores en el kiosco de la pileta; etc.
Con todo esto, o mejor dicho: sin todo eso, una infancia no es una infancia. Y cuando digo infancia, digo una buena infancia al estilo de mi Barrio xenofobito, según Alfredo Froido, mi amiguito, el niño psicólogo.
Y así creció Adela. Encerrada en su casa, consolando su dolor a base de emparedados, alimentando su rencor con negras tortas de cumpleaños a los que jamás nos invitó para así comérselas ella solita; nutriendo su complejo con las calorías del odio. Y todo esto puede sonar a poesía gastronómica, pero no. Digo que la vida y nosotros, los niños crueles, habíamos gestado a un monstruo, así como la maldición de la casa Lacio gestó la tragedia de Edipo. No hay grandes culpables detrás de toda tragedia; hay grandes ignorantes. Y quizás sea lo mismo.
¡Y como habrá sido de relativa la vida que Adela cumplió 20 años mucho antes que nosotros; siendo que nosotros habíamos nacido mucho antes que ella! Y esto no tiene nada de fantástico. En todo caso, habría que echarle la culpa a Albert Einstein, que se encaprichó en relativizar el espacio-tiempo. Mientras nosotros, Los Niños Crueles, viajábamos a la velocidad de la luz por nuestro universo infantil, Adela se quedó en la tierra siendo victima de la entropía. Y digo entropía para que suene piadosamente científico. Será lo mismo, pero prefiero decir: “la perfecta y uniforme distribución de la energía” a decir de manera directa y brutal: “la degradación”. Y si quiere romperse a llorar, hágalo sin ningún cuidado. Nadie está a salvo de la entropía. Y si por echar culpas se trata, échele la culpa a la mecánica quántica, que de todas maneras no se detendrá. Ni lo quántico ni lo “entrópico”.
Y de repente, El Barrio se revolucionó, se alborotó, se conmocionó. ¡Y todos a la calle que Adela ha desaparecido!
¡¿Cómo que ha desaparecido?!
¡Si! ¡Ha desaparecido!
¡No puede ser!
¡Lo es! ¡Hoy es su cumpleaños, su torta selva negra está intacta y Adela no aparece por ningún lado!
¿La buscaron por toda la casa?
Si.
¿Y?
¿Y a vos qué te parece? ¿Estaría gritando como un desaforado que Adela ha desaparecido si la hubiese encontrado en algún lugar de la casa?
Tenés razón.
Busquemos a mi hija, por favor; ella nunca sale, ella no tiene a donde ir ni a quien visitar... Menos en el día de su cumpleaños; y mucho menos cuando una torta selva negra la está esperando ¡Me la han raptado!
“¿Quién?”. Pensé yo. Pero bueno. Nunca se sabe. En este mundo hay de todo y para todos los gustos. Pero este no es el caso.
A Adela se la buscó y se la buscó y se la buscó, tanto como todo un barrio puede buscar por todo El Barrio. Y nada. Y se la volvió a buscar dos veces más y nada. Entonces se la buscó por los otros barrios y estos barrios empezaron a buscar por los barrios que están más allá y nada. Adela, no aparecía.
¡Y mire usted que son caprichosas las búsquedas, porque se encontró de todo menos lo que se buscaba! Por ejemplo: una auténtica escarapela del 1810, posteriormente certificada por el Niño del viento; un poema inédito de Jorge Luís Borges con errores ortográficos y sin firma; un pincel de pelo de camello que muy posiblemente haya pertenecido a Da Vinci o a Dalí (hay dudas); un par de flores robadas a los jardines de Quilmes; un disco de pasta con la voz de Malena cantando el tango como ninguna; la fusta de Leguizamo solo; la verdadera Biblia y el verdadero calefón del verdadero cambalache; se encontró el primer boleto perforado de la historia del ferrocarril argentino, o sea: ingles; encontraron tres clavos y una corona de espinas; un plato de madera con sal derramada por Judas; un niño perdido del otro barrio; una masmedula de Olivero Girondo; un boletín de calificaciones del niño Sarmiento; un consejo del viejo vizcacha; el vestido mojado de Alfonsina; un bolero de Sandro; un puente sobre el río Kwai, encontraron La Atlántida y el paraíso perdido. Pero a Adela, a Adela no la encontraron. Y eso era lo único que importaba.


II

Pasaron tres meses y Adela no apareció ¿Hace falta mencionar por la que estaban pasando sus padres? ¿Hace falta? No. No hace falta. Existen infiernos que son fáciles de imaginar.
Ese mismo día, El Ciruja de la otra cuadra, me tiró un dato desde la otra cuadra. Ya lo deben saber: El Ciruja de la otra cuadra siempre está en la otra cuadra; y si usted se cruza a la otra cuadra en donde está El Ciruja, El Ciruja de la otra cuadra, habrá pasado de una manera inexplicable a la otra cuadra. Nunca podemos estar en la cuadra del Ciruja. El Niño del viento dice que El Ciruja de la otra cuadra es Dios. Yo no se que pensar. Porque para mí, Dios es el Niño del viento. La cuestión es que El Ciruja de la otra cuadra me tiró un dato.
Adela está en el Bosque Encantado.
¿Cómo es posible? ¿Nadie buscó en el Bosque Encantado?
Nadie buscó en el Bosque Encantado porque ya nadie va al Bosque Encantado; y si ya nadie va al Bosque eso incluye a Adela.
¿Seremos tan estupidos?
Elemental, mi querido Waltercito.
Y sin agitar pañuelos me despedí del Ciruja de la otra cuadra y hacia el Bosque Encantado me fui a ver si encontraba a Adela, justo, justo, cuando el sol comenzaba a bajar. Justo, justo, cuando la noche trepaba a mis espaldas. Y nunca he sido menos metafórico porque la cosa se me estaba poniendo bastante oscura y siniestra. Y cuando las cosas se ponen así, no hay metáfora que nos alivie del miedo.
El Bosque Encantado no está muy lejos del barrio, El Bosque Encantado está en el barrio. Y es uno de los pocos bosques encantados que aun persisten en el mundo. Hasta me atrevería a decir que se trata del único bosque encantado que aun está encantado. Mide cuatro kilómetros cuadrados... Y si no sabe lo que es cuatro kilómetros cuadrados, no me eche la culpa. Tampoco se lo tome tan pecho, porque en realidad, ninguno de nosotros sabe a ciencia cierta si El Bosque Encantado mide cuatro kilómetros cuadrados. Hubo muchas discusiones y muy acaloradas. Algunos sostenían que El Bosque Encantado era un círculo perfecto; yo pedí como prueba el compás con el que se trazó dicho circulo y ellos dijeron que semejante instrumento lo guardaba Dios en su cartuchera de útiles celestiales. “Así cualquiera” protesté. O sea: con esos argumentos religiosos no llegamos a nada serio. Otros opinaban que la forma del Bosque Encantado no podía ser distinta a la del Barrio, yo pregunté “¿por qué?”. Estos respondieron “porque sí”. Aquellos otros, aseguraban que el bosque encantado mutaba su forma constantemente. Ayer: circulo; hoy: pentágono; mañana: no se sabe. Ni pedí pruebas, ni pregunté por qué. Lisa y llanamente los acusé de indecisos y que solo procuraban quedar bien con todo el mundo. ¡Mutaciones a mi! Como era de esperar no llegamos nada, ni en cuanto a forma, ni mucho menos en cuanto a tamaño. Tratando de evitar las trompadas, las que estaban a punto de presentarse, se tomó la “salomónica” decisión de que cada uno le diese la forma y el tamaño que se le diera la gana, y a dormir que hay brujas. Yo opté por la más fácil. Cuatro kilómetros cuadros de pura fantasía.
El Bosque Encantado de nuestro barrio está poblado por seres fabulosos y mágicos. Seres increíbles que echaran por la borda a su pálida idea de la realidad en la que vive. Nuestro querido Pedro Grimmanante, escritor empedernido de cuentos infantiles, me juró por las perdices que comen los que viven felices, que entre todas las fantásticas criaturas que viven en el Bosque Encantado se encuentra un político que no miente ni roba. No se. A mi me pareció una exageración bastante infantil. En cuanto a lo demás, por El Bosque Encantado usted se cruzará con ejércitos de duendes y gnomos; bandadas de hadas y dragones; emperadores chinos con ruiseñores mecánicos; gigantescas aves pre-diluvianas (y nunca entendí eso de las aves pre-diluvianas pero bueno, ahí están); cíclopes con gafas para la luna; minotauros refugiados de las persecuciones tauromanticas; espantosos demonios que no hacen mucho lío y solo están para reforzar esta la lista; enanitos a lo Walt Disney... ¡y al mismísimo Walt Disney! Pero políticos que no mienten ni roben ¿Qué quiere que le diga? Ni en los bosques encantados.
Y de repente, se hizo muy pero muy de noche. Y cuando digo muy pero muy de noche, digo que todo se puso muy oscuro. Y quizás, hasta no haga falta decir “muy” y que “oscuro” suene por si solo con toda su carga de oscuridad e inquietud sobrecogedora y cosa espeluznante...
“Y yo no estoy hecho para andar de noche buscando a alguien por las entrañas de un bosque encantado por más encantado que sea”.Pensé. Si. Estaba asustado.
No daba con nada. O sea: no daba con Adela. Por sobre mi cabeza pasaron volando algunos dragones que ya se iban a dormir a sus cuevas y eso es bastante comprensible, porque cuando llega la noche al bosque, no hay muchas cosas para hacer; y mas que para hacer, no hay mucho para ver.
Un poco más allá, en la encrucijada de unos senderos, me topé con Norberto Suárez, el rey de los duendes del Bosque Encantado.
¿Cómo andamos? Me preguntó.
Bien. ¿Y vos?
Tirando... ¿Y qué hacemos por acá? ¿Perdido o qué?
Más bien qué que perdido. Estoy buscando a Adela.
¿La gordita?
La misma.
Asunto fulero, pibe. Está prisionera en la cabaña de Gabriela, la bruja malvada. Asunto muy fulero.
“¡La que me faltaba!”, pensé. “¿Qué tenemos? Bosque Encantado, bruja malvada, su respectiva cabaña de mazapán ¿y qué más? ¿Falta algo más?”.
¿Y por donde está la cabaña?
Por allá. Me respondió Norberto. Y por allá me fui.
No tengo idea de cuanto habré caminado. Sin embargo, debo admitir que quizás estaba un poco, un poquito, equivocado con respecto a las dimensiones del bosque, pues caminé muchísimo, muchísimo, muchísimo. De todas maneras: es cuadrado y se acabó.
A medida que avanzaba, la vegetación comenzó a cambiar de aspecto y a llenarse de espinas que me lastimaban profundamente. Un paso y ¡ay!, un paso y ¡ay!, un paso y ¡ay! Los pinos se perdían en un cielo que se había nublado de golpe y ya eran gigantescos y retorcidos y más oscuros que la noche que me envolvía. Y surgieron otros árboles, aun más gigantescos y retorcidos que los pinos y muy gruesos y con ramas que se asemejaban a poderosos brazos y que se mecían sin que corriese viento y eso me llenó de espanto. A esa altura, me encomendé al Niño del viento… Y por las dudas, al Ciruja de la otra cuadra.
Y así como así, di con la cabaña. Y me asusté. Me asusté como jamás antes me había asustado, siendo que, como cabaña de bruja no decía gran cosa en cuanto a su aspecto, pero si lo gritaba en cuanto a lo que albergaba.
Y como si hubiese sido poco, la puerta se abrió de un golpe y una figura recortó el marco. Una figura de mujer. Alta, muy pero muy alta. La luz del interior de la cabaña, luz de fuego, iluminó los contornos de la mujer y por lo que veía, se trataba de ese tipo de mujer a la que mi tío, el soltero, llama fatal. Vestido rojo, minúsculo y corto; calzado taco aguja. Su cabellera era de fuego y bajaba hasta mucho mucho mucho más allá de la cintura.
“Voy a romper un par de matrimonios y ya vuelvo, Gordita”. Dijo y lanzó una risa que no sonó a risa de bruja ni a nada por el estilo. No quiero decir que me defraudó (aunque yo esperaba algo mucho más diabólico y espeluznante) digo que no sonó a risa de bruja. Más bien, sonó a risa de mujer. Y eso, para algunos oídos como los de mi tío puede sonar prometedor.
Y de un golpe cerró la puerta. Y cuando pensé que se montaría a una escoba y que saldría volando por los aires, comenzó a avanzar hacia mí a una velocidad increíble. Y no es que corría, se deslizaba como si hubiese llevado patines, pero patines flotadores; porque la bruja, se me venia flotando. Lo juro por el hombre hecho de cielos. Vi unos arbustos a un costado y de un salto caí entre ellos. Como escondite fue todo un éxito, porque la bruja pasó flotando y ya se marchó sin haberme visto, pero lo cierto era que esos arbustos tenían gruesas y largas espinas que se clavaron en mis carnes. Y cuando digo gruesas y largas espinas, lo digo con todas estas cicatrices que aun tengo de recuerdo y quizás para toda la vida.
Sin pérdida de tiempo (¡y eso que perdí mucho tiempo quitándome las espinas!) avancé hacia la cabaña y abrí la pesada y enorme puerta. Y no se por qué, todo estaba muy pero muy grande. ¿Me habré vuelto un enano, o las cabañas de las brujas son así de gigantescas?

III

En el fondo había una estufa-hogar, o mejor dicho: una estufa-cabaña de bruja, en la que se calentaba un caldero enorme, enorme, enorme sobre un fuego que parecía un incendio o un infierno; pero más bien un infierno tirando a infierno clásico y católico. Porque para mí, el infierno carece de fuego y es una cosa totalmente distinta a la que todos los católicos creen. Y si digo distinta, es para no decir contraria, porque si digo contraria pensaran en el paraíso que, paradójicamente es tan clásico y católico como el mismísimo infierno.
En el centro del interior de la cabaña, cabaña mono-ambiental, si me permiten coquetear con los códigos arquitectónicos, había una mesa enorme. Tan alta que yo apenas podía asomar la cabeza. Seis sillas, una por cada punta y dos por lados. Sobre la mesa se apilaban gruesos libros de pesadas tapas forradas en oscuros cueros agrietados. Sugerían secretos impronunciables, palabras malditas, sortilegios, maleficios, hechizos, blasfemias, maldiciones, injurias, pitocatalanes y dolores de muela. Por las cuatro paredes se veían anaqueles que soportaban objetos inimaginables; como por ejemplo: objetos muy inimaginables. En un rincón y muy cerca de la chimenea estaba la cama de la bruja. Era un desorden de sabanas negras, mantas negras, cubrecama negro y almohada negra con su respectiva funda negra. ¿Qué soñaran las brujas cuando duermen? ¿Y cómo serán sus pesadillas? ¿Y sus despertares? ¿Existirán brujas sonámbulas o insomnes? ¿Qué es en definitiva una bruja durmiendo? Entonces, del otro rincón apareció una muchachita, menuda y muy linda; de cara sucia y ojos enormes, cabellos revueltos y cenicientos. Vestía ropas que le quedaban exageradamente grandes.
- ¿Adela? ¿Adela la... digo: ¿Sos vos?
-Si.- Respondió y corrió hasta mí y me abrazó y dijo: -¡Entonces me quieren, entonces me quieren...!
Y yo no podía creer que esa muchachita menudita y linda fuese Adela, la gorda. Tampoco podía entender como era posible que siendo ella tan menudita, fuese a la vez tan alta y yo tan... no se, ¿pequeño?. Y digo pequeño para esquivar la brutal realidad de decir enano muy pequeño.
-¿Pero qué pasó?- Le pregunté.
Hubo un golpe en la puerta y a mi se me heló la sangre. Adela y yo miramos hacia ahí y ahí estaba la bruja. De no haber sido por sus rojos cabellos que se habían transformado en serpientes y sus ojos en dos esferas de fuego y chispas, cualquiera hubiese dicho que era una mujer muy bella.
-¡¿Qué es esto?!- Interrogó la bruja.
-Me quieren.- Respondió Adela.
La bruja le clavó la mirada, luego me la clavó a mí, luego a Adela, luego a mí, luego a Adela y luego a mí. Hizo algo parecido a un “puchero” y se largó a llorar.
-¡Se van a llevar a mi gordita! ¡Se van a llevar a mi nena!- Se lamentó la bruja. Entonces, Adela se acercó hasta la mujer, la tomó entre sus brazos y la consoló.
-No llores, Gabriela. No llores. Pero parece que hay más gente que me quiere… aparte de vos, claro está.
-¡Y por supuesto, mi gordita! ¿Acaso no te dije que te estaban buscando?
-Si. Pero creí lo decías para hacerme sentir bien... No se. Nadie venia por el bosque. Yo creía que mi fuga no le habría afectado a nadie...
-Nadie venia por El Bosque Encantado porque ya casi nadie cree en El Bosque Encantado, mi nena. Y en cuanto a tu fuga, afectó a todo El Barrio...
-Entonces, tendré que volver al Barrio. Ya no quiero que la gente se aflija por mi; menos mis padres. Ellos siempre me han sabido preparar tortas muy ricas.
Y Gabriela, la bruja malvada, volvió a romper en lágrimas. Que eran lágrimas de fuego. Pero no por ello menos sentidas.
-¡Está bien, Gabriela! ¡Está bien! Te prometo que vendré a visitarte todos los días y que pasaremos muchas noches juntas y que siempre vas a ser como una madre para mí.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
-¿Y que vamos a lanzar hechizos y sortilegios y maldiciones y maleficios y pestes a los cuatros vientos?
-Si, Gabriela. Te lo prometo. Nos vamos a divertir mucho.
Y Gabriela y Adela se dieron un fuerte abrazo y fue un abrazo conmovedor, de esos que se dan con el corazón y el espíritu. Fue el abrazo entre una madre y una hija; y fue también, el abrazo entre dos seres que siempre han estado solos, que han sido rechazados y que debieron soportar los más profundos dolores del alma. He ahí un infierno que no es católico.
-¡Y en cuanto a vos, mocoso, esto no va a quedar así!- Me sentenció Gabriela antes de marcharnos de su cabaña de bruja bien malvada.
Y ahí terminó la historia.

Hoy Adela es modelo. Y es bastante famosa y moderadamente exitosa. Es el orgullo del Barrio. Cuando pasa, a veces me saluda con un guiño de ojo y se va por la vereda con su andar de modelo. Pero otras veces, me mira desde su imponente altura como si yo fuese un mocoso empedernido y sin decir nada, se aleja por la pasarela de la vida con sus patines flotadores mientras sus cabellos se ondulan cuales serpientes.

lunes, 2 de junio de 2008

CAPITULO OCHO

El tesoro del mapa

A veces juego a un extraño juego. Un juego al revés. En el cual parecería que ya no soy el jugador, sino el juego, la ficha y el tablero inanimado en vez de la mano y la mente obsesionada por triunfar. Es un juego al revés, desesperante; casi diabólico. En vez de buscar el tesoro, debo buscar el mapa. Y dan la señal de partida y mi mente corre hacia todas partes como si se estuviese incendiando y buscara agua; mientras que mi cuerpo se petrifica en el lugar, victima de un misterioso terror que nada tiene que ver con lo mental sino con lo muscular. Y ya sé que es ilógico, pero el juego es así y presenta ese tipo de obstáculos y otros peores. Formidables adversarios y aun más irracionales. Y cuando logro vencer al primero, que no siempre lo logro, ya no me vengan a molestar, ya no me vengan a interrumpir, ya no me vengan a invitar para salir a jugar porque estoy jugando al juego de buscar el mapa y en ello… en ello se me va la vida. Añado que me pongo grave mientras se me adhiere el silencio de la araña y lo siniestro de su paciencia. Y busco y revuelvo y arraso y lo doy vuelta todo, milimétricamente todo. Por arriba por abajo, por cada infinito punto cardinal. Todo. Y tengo que encontrar el mapa, porque sin el mapa, el tesoro no me sirve para nada; no se qué hacer con tan afortunada carga. No le veo ningún sentido. Aquí no valen los cuadros, ni sus colores, ni sus formas, ni sus espacios, ni sus texturas. Necesito ver los pinceles y los pomos; necesito ver al pintor y a sus ojos enrojecidos por el cansancio; y constatar sus manos y medirlas y pesarlas y tocarlas y olerlas. Y sigo jugando y ya lo hago con esa desesperación que puede causar pánico, terror y pena a la vez. Entonces salgo del espejo y tomo mi lugar, como para ayudarme, como para no estar tan solo en esta locura, que es también una buena adversaria y quizás, la más formidable. Y de pronto, ya no somos dos. Somos miles. Y todos buscan con idéntica y exacta desesperación; y por extraño que parezca, ya no se pelean entre ellos ni se estorban. ¡Loado sea El Niño del viento! ¡Por fin estoy de acuerdo! Y es lógico que aquí sea; porque en este juego se me va la vida; y si se me va la vida, también se les va a ellos.
De los miles, hay uno que jamás busca. Se sienta en un rincón y observa con ojos indefinidos la inmensidad del cielorraso. Cuando se cansa de mantener esa postura entre contemplativa y abandonada, se pone de pie y dice: “Lo encontré”. Entonces, todos quedamos congelados y con nuestros alientos contenidos. Mi “yo” que es la nostalgia, viene hasta mí e introduce su mano en el bolsillo de mi pantalón y ante la admiración de todos nosotros extrae el mapa. Obviamente, siempre está escondido en el lugar más obvio. Y sin interesarse por el contenido, me entrega ese preciado objeto en manos propias y el juego se acabó. Todos podemos respirar aliviados. Quizás, para imitar a la nostalgia, rechazo la curiosidad de este momento y devuelvo el mapa a mi bolsillo. Hasta la próxima vez. De los miles que se marchan solo uno me saluda. Con una sonrisa absolutamente incircunstancial me estrecha la diestra y luego comenta: “Muy rica cena” y por último se va. Ese era el olvido. Ya sereno, ya aliviado, ya ligero y tan ganador regreso a mi espejo. Y que todos ustedes tengan –muy-felices-sueños.

A mí

CAPITULO SIETE

Cuatrocientos metros kafka y mojar la espalda.

Supuestamente se trata de una carrera de velocidad, pero estoy hablando de una velocidad a la que el hombre jamás podrá alcanzar ni por sus propios medios, ni por máquinas, ni por nada que se le parezca. De todas formas, compiten. Aunque nadie haya ganado todavía.
En una pista olímpica, un corredor con un balde de proporciones normales y cargado con agua, deberá salir corriendo (con balde y todo) a la señal de partida para completar toda una vuelta. Ya a punto de cruzar la línea de la cual partió, arrojará el agua hacia delante, en el acto que comúnmente se conoce como baldazo, con el objetivo de mojar su propia espalda en el momento que este saliendo a completar la vuelta. Si. Leyó bien Gana el jugador que complete la vuelta y presente su espalda mojada ante los jueces. Que son doce por las dudas. Yo se muy bien que es un juego tonto, absurdo y loco. Lo se muy bien y creo que lo se mejor que nadie; y sin embargo se juega. Y se lo juega religiosamente el día en que se juega. Y lo peor de todo, es que tanto los jugadores, como los jueces y el público, admiten cuan tonto, absurdo y loco es, pero siguen jugando. Y eso, ya está empezando a darme un poco de miedo y digo miedo para no decir pánico, porque por momentos el juego me da un pánico enorme y pegajoso. Alfredito Froido, el niño psicólogo y bajista de “Los Para no ser menos”, me dice: “Yo me preocuparía por otra cosa Waltercito. Olvidate. Es apenas un juego absurdo que no le hace daño a nadie. Te aseguro que hay deporte peores”. Y yo no se si eso es un deporte, no creo que lo sea, o quizás no quiero que lo sea, pero admito que en los deportes clásicos y tradicionales uno puede encontrar a simple vista mucha mas violencia que en este pseudo-deporte de los “Cuatrocientos metros Kafka y mojar la espalda”. Caso concreto, tenemos al mismísimo boxeo. Los fanáticos y seguidores del “Te desmayo a sopapos” me podrán venir con argumentos en los que se barajan palabras tales como: técnica, elegancia, estoicismo, pero lo cierto es que los sopapos están; y los sopapos duelen aquí y en la china y hasta en el país de las maravillas, con o sin esa Alicia. El boxeo es violento y de eso se trata. Como también se trata de un deporte que ha cobrado vidas. Las carreras de automóviles, también han cobrado vidas; y el Rugby, ha cobrado algunas incapacidades .El fútbol es otro deporte violento, no solamente en su practica, sino también por lo que genera en las tribunas y entre hinchadas. Y el ajedrez, a mi modesto entender, es quizás el juego mas violento que ha dado el ingenio del hombre. Sin embargo, en ninguno de los deportes y juegos anteriormente mencionados, veo lo que logro ver en las profundidades del “Cuatrocientos metros Kafka y mojar la espalda”: La mas abyecta de las demencias. “Y yo me preocuparía por otra cosa” me repite Alfredito Froido, pero yo me preocupo por “esa” cosa. ¿Qué querés que te diga? Y ahí vienen todos: jugadores, jueces y público; y vienen como si nada. Hablando de cosas triviales como por ejemplo: La inminente destrucción de la capa de ozono, o, sobre el escandaloso aumento de los precios de los desodorantes en aerosoles. Hasta comentan cuan estúpida y absurda es la carrera y cruzan bromas y se ríen y más o menos mantienen ese ánimo aun hasta cuando se van preparando. Entonces, todos toman sus puestos. El único corredor, con cara de único corredor y con balde en mano; los jueces con cara de jueces y miradas periféricas; y el público, con cara de multitud que espera y vamos a ver qué pasa. Y si debo ser sincero, seré sincero: Todavía se puede encontrar alguna que otra sonrisita, porque “estamos todos aquí, en esto que es tan absurdo, pero bueno...” Y de pronto dan la señal de largada y todo se transforma. Y se transforma hasta faltándole el respeto a la mecánica quántica, porque algo se perdió: La Cordura. Y ya tenemos al jugador en plena competencia que, ha cambiado su sonrisa por un gesto de determinación y esfuerzo, por ojos concentrados en el objetivo, poseído por esa idea de ganar que lo impulsa a una carrera desenfrenada y desesperante; y ya está por completar la vuelta; y hasta puedo “escuchar” su único y absoluto pensamiento “Lo voy a lograr, lo voy a lograr...”Y ya tira el baldazo y ahí se queda esperando. Y el agua choca contra el carril y se expande; y por último, puedo ver como la cabeza del corredor se derrumba por el peso del fracaso. Y es cuando me dan ganas de ir a gritarle sino se da cuenta de lo estúpido que es; sino se da cuenta de que jamás ganará; sino se da cuenta que, ya desde el mismísimo momento de su partida estaba condenado a perder, que todo es absurdo y sin sentido y que lo único que encontrará al final será un enorme, implacable y persistente vacío. “Yo me preocuparía por otra cosa”, me repite Alfredito. ¡Pero yo no! Porque ahí va de nuevo a cargar el balde para salir corriendo otra vez. Y lo hará hasta que su cuerpo le diga basta, hasta que sus músculos se agoten y así abandonará la pista, con el paso cansado y la resignación de los perdedores. Poco a poco recuperará la sonrisa y será una mezcla de “¡Qué cosa tan absurda!” y “Quizás para la próxima”. He visto cosas patéticas que estuvieron a punto de arrancarme unas lágrimas. He visto a ciertos corredores que desistieron de lanzar el baldazo porque no se vieron salir y ya se derrumbaron en la derrota e inmediatamente tomaron posiciones para una nueva carrera con los ánimos reverdecidos. He visto a un corredor lanzar un baldazo de forma tan violenta que, el balde se le escapó de las manos e inmediatamente se tomó la cabeza como creyendo que lastimaría a alguien; luego le vi respirar aliviado porque ningún balde le golpeó la espalda a nadie. He visto a otro jugador tensar el cuerpo en el momento de la salida como para soportar la mojadura. He visto insultar he injuriar cuando se les caían los baldes en plena carrera. “¡Justo ahora que lo estaba por lograr!, ¡¿Será posible?! ¡Me cacho en Die!”. He visto de todo entre los corredores, hasta he visto lágrimas. Pero jamás he visto a uno revolear el balde por los aires renegando de semejante absurdo y que dijera: “¿¡Pero qué hago acá?! ¡Si me vieran mis hijos!”. Y es seguro que sus hijos lo están viendo. Nadie falta a las competencias. Y quizás, una de las cosas que más me molesta sea el público. Y hay de todo. Están aquellos que no tienen mucho para hacer en sus casas y asisten a la tribuna como para perder el tiempo y ver qué pasa. Podrían ser exonerados, pero sus aptitudes me lo impiden. Se mantienen en ese pálido absurdo de perder el tiempo entre mate que va y mate que viene, quizás un tanto indiferentes a lo que sucede en la pista, pero no por ello menos atentos a los resultados. Están los expectantes, los que se comen las uñas y los que cruzan los dedos. Están los que sonríen maliciosamente; y no es que sonrían ante el absurdo del juego, sonríen porque tal o cual jugador perdió o se le cayó el balde o fue a dar de boca contra la pista. Debo admitir que ante esta última circunstancia yo también sonrío. Y no tiene nada que ver con el juego. Tiene que ver con lo perverso de la naturaleza humana. Y ya que dije perverso: en la tribuna también se puede encontrar a los perversos. Y son los peores, en otro sentido. Saben perfectamente cuan absurdo y demencial es el juego; y por ello se divierten alentando al jugador a que se mate corriendo en pos del fracaso y la derrota. Y se tiran al suelo y se despanzan de la risa y comentan: “¡Pobrecito! ¡Qué estúpido que es!” Y ya se están produciendo las primeras hinchadas y ya se escuchan los primeros cantitos y ya se asoman las primeras camisetas. Y corren comentarios de todo tipo: “Mario estuvo a punto de lograrlo” “Qué va a lograr ese, si es una tortuga” o: “Daniel posee una técnica para llevar el balde que me resulta conmovedora” “Pero jamás como la elegancia de Francisco para el baldazo” o: “En la próxima Ricardo se moja la espalda ¡Te lo juro por esta!” Y así. “Yo me preocuparía por otra cosa” sigue repitiendo Alfredito. Puede ser. Pero a mi me preocupa la demencia que genera el juego y que nadie parece notarla. Demencia que se ramifica por El Barrio y que no perdona a nadie, ni siquiera a las mujeres, porque ya se sabe de algunas que están dispuestas a correr. Y los hombres se escandalizan y dicen: “No. El juego es macho.” Y las mujeres replican: “El juego será macho, pero los factores principales son femeninos: La Carrera, La Espalda.” Y los hombres acotan: “Pero no se olviden, queridas damas, que, El Balde es masculino”. Entonces, las mujeres ejercen sus derechos naturales e innatos a la última palabra y determinan: “¡Mas a nuestro favor! Es un juego mixto y punto aparte.” Sin embargo, los picaros punto y aparte no quieren venir y la demencia sigue sin dormir. He visto a niños muy niñitos y chiquitos correr por las veredas de sus casas con baldecitos playeros en las manos… Y eso si que me estruja el corazón, porque estos niños, muy niñitos y chiquitos se deben enfrentar a poderosos adversarios: al juego en si y a sus madres que no les dejan dar la vuelta a la manzana. “¡Ay, Waltercito!, ¡Yo me preocuparía por otra cosa!” Vuelve a insistir Alfredito, que a veces se pone muy insistente. Pero a mi me preocupa el futuro y ya lo veo. Veo al juego en la televisión y veo la repetición del fracaso en todo el esplendor de la cámara lenta; y lo veo en esos programas en los cuales, señores muy instruidos comentan los pormenores de los “Cuatrocientos metros Kafka y mojar la espalda”; y ya veo publicidades en los baldes y veo a grandes fabricas de agua mineral interesadas en esos baldes; veo la indumentaria y la compra y venta de corredores; veo mundiales (Los Mundiales del Fracaso) y ya escucho los temas oficiales de esos mundiales. Veo en definitiva: como el sistema absorberá el absurdo para transformarlo en producto y que así se lo pueda consumir absurda y compulsivamente. Y ya no tengo más nada que decir.
-Y es lógico-Afirma Alfredito- Llegaste a donde querías llegar: al punto máximo del desarrollo de una idea. Te faltó la galaxia, pero bueno. Parece que tu techo no pasa de la atmósfera. Sin embargo, en cuanto a lo demás tu visión está completa.
-¿Y eso qué tiene que ver con el pánico que me produce el juego?-
-No es pánico, Waltercito. Es culpa. Tu mente te lo hace ver como pánico cuando la cruel realidad es que, es tu culpa. ¿Y sabes por qué es tu culpa?
-No.
- Porque sos vos el mismísimo inventor del juego.
Entonces un pesimismo más grande que la casita de Dios se me aloja en los hombros y ya no puedo articular ni la más paupérrima replica.
-Hace muchísimo tiempo estábamos todos los amigos en el techo de tu casa y se propuso inventar juegos absurdos. Como a absurdo no te gana nadie, resultó ganadora tu propuesta. Uno le contó a otro, otro le contó a otro y otro le contó a aquel. Hasta que alguien dijo: “¿Y si probamos jugar?”. Y así empezó todo. Cuando vos contemplas el juego en el afuera entrecomillas, en realidad estas contemplando a tu interior entre neuronas. Ahí afuera está casi todo lo que había adentro tuyo; y está de la forma en que a vos más te cierra. Está para medirlo, pesarlo, compararlo, constatarlo, tocarlo y olerlo. El juego es tu interior y se ha ramificado. Sin embargo, yo me preocuparía por otra cosa.
Ya indignado, pletórico de culpa, aquejado por el pesimismo, pero no por ello menos intrigado, le pregunto a mi amigo:
-¡¿Por qué maldita cosa te preocuparías en mi lugar?!
Alfredo Froido, me pone cara entre el niño cruel y el psicólogo que es, se rasca la pera, esboza una leve sonrisa y me remata.
-A mi me preocuparía no haberlo patentado.

Con todo mi respeto: a Franz Kafka. Obviamente.

CAPITULO SEIS

El equilibrista del horizonte.

Quizás sea un Truhán. Y como tal, es simpático. Pero es simpático porque dentro de su “Truhanismo” no pasa a ligas mayores y aquí se queda. Entre nosotros. Los que tal vez seamos muy truhanes. La cuestión es que el equilibrista del horizonte se gana la vida haciendo equilibrio sobre la línea del horizonte; y si uno le pregunta cómo se llama responderá: “Amanecido Fernández. A sus órdenes”. Es viejo, es muy viejo. Bien puede tener 22 o bien puede tener 77.O quizás 66. No lo podemos precisar. Y mucho que tampoco nos importa, porque ceba mates muy ricos, hace payasadas y da graciosos saltitos con una pierna mientras que su moño violeta le gira como una hélice en el cuello de su camisa. O sea: es un hombre bueno que ha superado la barrera de La Apariencia. La que hemos fijado de la siguiente manera: 12 para los niños, 15 para las niñas.
El equilibrista del horizonte puede resultar un truhán (y de hecho, para mí lo es) pero nadie puede negar que se gana la vida haciendo peligrosos equilibrios en el horizonte. Una vez le pregunté si eso de andar haciendo peligrosos equilibrios en el horizonte no se trata en realidad de una parábola que intenta significar el esfuerzo que le cuesta ganarse el pan yendo de un lado para el otro, haciendo cualquier cosa que se le presente con tal de no caer en la desocupación; a lo que me respondió que, no sabía lo que era una parábola y que el se ganaba el pan de una sola manera: haciendo equilibrio en el horizonte. Y con respecto a la desocupación, opinó que peor está la educación y que ya lo dejara de molestar con tantas preguntitas tontas.
Amanecido Fernández usa un traje negro, siempre impecable y bien planchadito. Es una divinura. Lleva puestos sus zapatos para hacer equilibrio de forma permanente. No digo que hace equilibrio de forma permanente, digo que siempre lleva esos zapatos para hacer equilibrio y están en completa armonía con el color de su traje. Aunque debo confesar que no se muy bien si el negro es un color o qué. Ángel Miguel Bosco, mi amiguito el artista plástico, me dijo que el negro es la combinación de todos los colores. -¡Y vaya que es divertido el negro ese!- Exclamó Ángel Miguel.- ¡La combinación de todos los colores! ¿Existe algo más divertido que combinar todos los colores?- E inmediatamente le pregunté: ¿Y entonces por qué se usa el negro para el luto? . A lo que me respondió: “No se. Soy artista plástico, no asesor en colores emocionales...”Y me tapó la boca.
Amanecido Fernández, completa sus vestiduras con una radiante camisa blanca, la que se me ocurre que es la falta de todos los colores y la esposa del negro. Y por último, rodea el cuello de su camisa con ese moño violeta que hace girar como una hélice para que nosotros nos despancemos de la risa y así ganarse nuestra simpatía. La cual no es muy fácil de ganar. Porque a veces somos crueles. Y somos crueles porque si.
Los más despiadados, opinan que el equilibrista del horizonte se asemeja a un mozo de medio pelo de restaurante de medio pelo. Y para colmo, a un mozo de medio pelo sin bandeja. Me gustaría opinar lo contrario, porque en definitiva, Amanecido Fernández es un buen hombre, pero la objetividad obliga y se me ocurre que es tan cruel como nosotros. Algunos le hacen notar el detalle (el detalle de que se asemeja a un mozo sin bandeja) y exclama: ¡Atrevidos! Y se va echando pestes para no volver por 3 o 4 días. Lo que quiere decir que es un enojo bastante largo para un hombre tan bueno. Alfredo Froido, el niño psicólogo, lo contempla marcharse mientras se rasca la pera y opina: “Hay algo que no me cierra, hay algo que no me cierra...” Y luego se estremece.
El equilibrista del horizonte, asegura que conoce la eternidad y el infinito, La Julieta y El Romeo del universo. Lo cual se cae de maduro que La Julieta eternidad y El Romeo infinito andan por ahí, por ese tan impreciso y borroso horizonte, ese fugitivo impecable, ese ladrón de nuestros ojos… Y creo tengo un par más de metáforas, pero las dejo ahí; porque yo, de poeta no tengo ni la tristeza.
-¿Y? ¿Cómo es la eternidad y el infinito?- Le pregunté un día cualquiera. Y fue un día cualquiera hasta que me respondió; porque a partir ese día siempre se lo recordará como El día de las revelaciones del equilibrista del horizonte
-¡¿Cómo es la eternidad y el infinito?! ¡Me extraña que todavía no lo sepas! ¡Me extraña que ninguno de ustedes lo sepa...!
-Yo lo se, yo lo se…- Saltó Pedro Grimmanante, el escritor empedernido de cuentos infantiles, levantando la mano como si quisiera pasar a dar la lección que yo no estudié.
-¡¿Qué sabes vos, oreja?!- Le cuestioné al mismo tiempo que le di un codazo como para que se quedara tranquilo. Y Pedro, será un sensible escritor empedernido de cuentos infantiles, pero no tiene ningún inconveniente en meterte un buen par de sopapos si la situación lo amerita. Y en eso estábamos, hasta que Amanecido Fernández nos tuvo que separar como casi siempre lo hace.
-¿Lo ven? ¿Lo pueden ver? A esto me refiero. ¿Es que no se dan cuenta? ¿Será posible que los niños de este barrio todavía no se den cuenta de lo que pasa y de lo que no pasa?
Pedro se tapaba un ojo y yo me tapaba la nariz; y no sabía si decirle a Pedro que cuando lo agarrara lo iba a hacer sonar, o si decirle a Amanecido que se explicara. Supongo que me encontraba en el mismísimo horizonte de la duda. De todas formas, opté por Amanecido, pero me reservé para Pedro. La cuestión entre nosotros no quedaría así nomás. O sea: se nos hincharía.
-Este barrio...-prorrumpió el equilibrista del horizonte luego de suspirar-...es el barrio más extraño, hermoso y terrible que se pueda encontrar en el universo.
Y lo hubiésemos interrumpido para decirle que no se meta con El Barrio. Pero con eso de extraño, muy hermoso y terrible, nos dejó indecisos y no supimos qué hacer.
-Este barrio casi no existe. Pero está. Es como el horizonte. Y es tan lógico e ilógico como el horizonte mismo. Es un acto de fe. Ustedes y el horizonte son actos de fe. La fe se narra, pero no se explica; se cuenta, pero no se prueba (entre ustedes y el cristianismo no hay muchas diferencias). Son y están por un acto de fe y amor. Ningún fundamento filosófico sostiene sus existencias, ninguna estructura racional puede atrapar al horizonte. Tampoco hay un científico que lo pueda medir, pesar o tocar. Ustedes son los niños eternos que existen en un barrio infinito que se aloja en la mente de alguien que ha decidido conservarlo muy lejos del paso del tiempo y de la mismísima vida. Ustedes están acá. En el horizonte…Por eso yo soy el equilibrista del horizonte. Porque estoy acá.

-¿Niños eternos?
-¡Niños! Niños eternos, niños de la eternidad, grandes niños, niños que han ido a la escuela o que van (según lo pida la historia), niños que atraviesan la secundaria, niños que siguen alguna carrera y se reciben o no, niños que se casan escabrosamente con las niñas que aman para que luego todo siga produciéndose bajo la misma inocencia y crueldad que genera la vida de este barrio infinito. Mírense. Mírense. Ni siquiera pasan el metro y medio. Y ya son doctores y licenciados y artistas y fracasados y se siguen agarrando a las trompadas como los niños que son. Simplemente fueron, son y serán niños. Hagan lo que hagan o dejen de hacer. Son niños eternos. Dioses en potencia.
-¿Y nuestros padres?
-Sus padres han sabido conservar muy bien el secreto. Si ustedes les llegaran a preguntar a sus padres qué sucede en El Barrio, qué secreto esconde, cual es la verdad: ellos dirán que no sucede nada, que no existe ningún secreto y que la verdad es como el horizonte. Nadie crece y nadie muere. Porque si llegara a suceder lo contrario en El Barrio de la eternidad, eso, eso seria un cuento fantástico.
Y el equilibrista de horizonte dio un gracioso saltito con una pierna y el moño violeta le giró como una hélice y nosotros nos despanzamos de la risa.
Poco antes de irse nos prometió que para la próxima vez nos explicaría (y con lujos de detalles) cómo vienen los bebes al Barrio de la eternidad.
Y ese fue El día de las revelaciones del equilibrista de horizonte.

Para muchos es un truhán, para casi todos es un buen hombre. Pero para mi Papá…Para mi Papá es el mismísimo Demonio. Y cuando dice Demonio, lo dice con un tono que a mi me da miedo, porque mi Papá, mi Papá nunca miente.